El Alicanto: el pájaro que se alimenta de oro y plata
Según la leyenda chilena, este ave mítica come minerales preciosos y brilla en la oscuridad. Conocé su origen, las versiones y por qué sigue fascinando en el folklore latinoamericano.
En las áridas montañas del norte de Chile, donde el sol del mediodía quema la tierra y el viento levanta polvo que parece oro molido, se cuenta que habita un pájaro que nadie logra atrapar. Se lo oye antes de verlo: un aleteo pesado, como si llevara piedras en las alas, seguido de un canto bajo y metálico que resuena entre las rocas. Los mineros lo llaman alicanto y aseguran que su cuerpo brilla con la luz que desprenden los metales que come.
Dicen que el alicanto se alimenta exclusivamente de oro y plata. Cuando encuentra un filón rico, devora las pepitas hasta que su plumaje adquiere un resplandor dorado o plateado que ilumina la noche como una linterna viviente. Sus ojos lanzan destellos y, al abrir las alas, proyecta sombras alargadas sobre las quebradas. Pero el brillo es también su condena: los buscadores de tesoros lo siguen en la oscuridad, confiando en que los llevará hasta una veta de riqueza incalculable.
Sin embargo, la leyenda advierte con crudeza. Si el alicanto detecta que lo persiguen, deja de comer. Su cuerpo se vuelve pesado, las alas se le cargan de mineral sin digerir y apenas puede levantar vuelo. Entonces cambia de rumbo y conduce al codicioso hacia un precipicio. El hombre cae al vacío mientras el pájaro, liberado de su peso, desaparece en la negrura con un canto que suena casi a risa.
El relato se transmite de boca en boca en las zonas mineras de Atacama y Coquimbo desde hace más de un siglo. Los viejos mineros lo cuentan durante la siesta, a la sombra de un toldo, mientras mastican coca para aguantar el hambre y el calor. Algunos juran haber visto el resplandor lejano, como una brasa flotando entre las estrellas. Otros afirman que el canto metálico los despertó una noche y que, al salir de la carpa, solo encontraron huellas extrañas en la arena: marcas que parecían hechas por garras de ave pero demasiado profundas, como si el animal cargara kilos de metal.
El origen del alicanto se pierde en la tradición oral mapuche y andina, donde muchas criaturas combinan características de animales reales con poderes asociados a la tierra. Algunos investigadores del folklore chileno lo vinculan con el “pájaro de la mina”, una figura que advierte sobre los peligros de la ambición desmedida. En una versión menos conocida que circula en los valles altos, el alicanto no come el metal en bruto: lo transforma. Se dice que su guano, brillante y pesado, es en realidad oro purísimo que los más astutos intentan recolectar al amanecer. Pero tocarlo trae mala suerte: quien lo hace comienza a oír el canto del pájaro dentro de su cabeza cada vez que se acerca a una mina, hasta que la locura o un accidente lo aleja para siempre.
Existe una explicación racional que circula entre geólogos y guías de montaña. En ciertas zonas de los Andes, las rocas ricas en pirita o mica reflejan la luz de la luna o de las linternas de manera tan intensa que parecen brillar con luz propia. Un ave nocturna que se posa sobre esas formaciones podría generar la ilusión de un pájaro luminoso. Además, el “canto metálico” podría ser el eco distorsionado del viento entre las grietas o el sonido de murciélagos que habitan las mismas cuevas que los mineros. Sin embargo, esta versión nunca logra apagar del todo la creencia. El alicanto sigue apareciendo en nuevos relatos, sobre todo cuando algún buscador solitario desaparece en la cordillera y sus compañeros aseguran haber visto una luz extraña moviéndose entre los cerros la noche anterior.
En la zona de los salares, cerca de la frontera con Argentina y Bolivia, existe una variante que sorprende por su crueldad. Allí se dice que el alicanto no solo engaña a los avaros, sino que también protege a los mineros honestos. Si un trabajador respeta la montaña y no intenta llevarse más de lo necesario, el pájaro canta cerca de su campamento como señal de buena veta. Pero si el hombre es codicioso, el mismo canto se vuelve engañoso y lo lleva a galerías que se derrumban. Esta dualidad lo convierte en un ser casi justiciero, un guardián de la cordillera que castiga la ambición desmedida.
Lo que más intriga de esta leyenda es su resistencia al paso del tiempo. En pleno 2026, cuando la minería moderna usa drones y satélites, todavía hay viejos arrieros que se niegan a trabajar de noche si oyen un aleteo pesado. En pueblos como Tierra Amarilla o Diego de Almagro, los niños dibujan al alicanto con alas doradas y ojos de fuego. Y en las ferias artesanales se venden pequeñas figuras de plata con forma de pájaro que, según los vendedores, “traen la suerte de la mina pero no la codicia”.
La variante menos difundida, y quizá la más inquietante, es la que asegura que el alicanto no es un animal individual sino una especie. Que en lo profundo de ciertos cerros inaccesibles existe una colonia entera, donde el suelo está cubierto de guano metálico que brilla como un campo de estrellas. Quien logre llegar hasta allí, dicen, encontrará riquezas inimaginables… o nunca volverá para contarlo. Porque el último detalle que los mineros susurran al final de la historia es este: el alicanto no tiene miedo de los hombres. Solo espera a que sean ellos los que tengan miedo de él.