Leyendas

Coquena: el protector de vicuñas y llamas

Coquena protege vicuñas y llamas en historias del norte argentino: un pequeño dueño del cerro que frena la caza abusiva y acompaña a las majadas.

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Muelle de madera vacío internándose en un lago patagónico cubierto de niebla

Una vicuña baja la cabeza para beber y levanta las orejas cuando algo cruje entre las piedras. Nadie aparece. Solo queda, al otro lado del abra, un hombrecito con poncho que parece demasiado pequeño para el paisaje. En los cuentos del norte argentino, esa figura es Coquena, protector de vicuñas y llamas. Está cerca de los animales antes de que el viajero lo note, como si el cerro hubiera guardado un secreto debajo de su propia sombra.

Coquena es un dueño de la fauna de altura, una presencia que cuida lo que corre libre y también lo que acompaña a las familias pastoras. Se lo nombra en relatos de la Puna y zonas vecinas, donde el clima duro vuelve preciosa cada cría y cada animal que regresa al corral. No necesita ser gigante para imponer respeto: su tamaño reducido hace más extraña la autoridad con la que detiene al cazador que no reconoce límites.

Poncho, sombrero y silencio

Su apariencia cambia de boca en boca. Puede llevar sombrero ancho, poncho de colores apagados y un bastón; puede ser apenas un bulto inmóvil contra el cielo. Algunos lo describen como viejo, otros como niño. Esa falta de una imagen fija ayuda a que se esconda en cualquier encuentro breve: un pastor cree ver a alguien junto a la majada, parpadea, y solo quedan las marcas delicadas de las pezuñas sobre la arena.

Coquena no suele entrar a las casas ni pedir ofrendas con grandes ceremonias. Su territorio es el borde del camino, la aguada, el corral abierto al viento y los lugares donde una tropilla puede dispersarse. Allí su silencio pesa más que una amenaza. El viajero que se burla de los animales siente primero que la montaña se vuelve inmensa; después advierte que no encuentra ni su mula, ni el paso por donde había llegado.

El cazador que vuelve sin presa

Las historias lo enfrentan sobre todo con quien caza por capricho o para juntar más de lo necesario. A ese visitante, Coquena puede ocultarle las vicuñas hasta que el llano parece vacío. También puede hacer que una presa se vuelva inalcanzable, aun cuando está a pocos metros. La frustración no llega como un rayo: se instala en horas de caminata, en el agua que se termina y en el sonido de las piedras rodando lejos.

En otras variantes, el castigo es más directo. El cazador encuentra su bolsa llena de ramas en lugar de cueros, o despierta con una fiebre que solo cede cuando promete no volver a matar de más. Son escenas de relato, no partes de un reglamento, pero condensan una idea clara: la abundancia del cerro no pertenece por completo a quien tiene un arma o una trampa.

Una ayuda que no se reclama

El protector también puede favorecer a quien trata bien a una majada. Una llama perdida reaparece en una quebrada conocida, o una vicuña guía sin querer a alguien que busca refugio durante una tormenta. Estas versiones no convierten a Coquena en un repartidor de premios. Más bien sugieren que la atención, la paciencia y el respeto permiten leer señales que la desesperación no ve: un rastro fresco, una nube que anuncia granizo, una piedra que sirve de reparo.

La escena menos esperada ocurre cuando el guardián se acerca a un niño pastor. No le entrega tesoros ni le revela secretos; le pide que no arroje piedras a las crías y desaparece detrás de una mata. Al crecer, ese niño puede olvidar el rostro, pero no la sensación del poncho rozando el aire helado. Coquena queda así como una presencia mínima y persistente, tan fácil de pasar por alto como una huella que el viento todavía no borró.

Su pequeñez es justamente el detalle que incomoda. Frente a una quebrada inmensa y una tormenta que tapa las cumbres, un hombrecito parece insignificante; sin embargo, es él quien conoce dónde se corta el sendero y dónde beben los animales. Los relatos no lo convierten en dueño de personas, sino en custodio de una relación delicada. Por eso, cuando un pastor asegura haber visto un poncho moverse entre las piedras, nadie necesita decidir si fue cierto para entender la advertencia.

Las llamas mastican despacio, el viento se lleva los rastros y nadie sabe si aquel bulto rojo era un poncho o una piedra encendida por el sol. Esa duda es la forma discreta que toma su despedida.

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