Lago Ness

El mundo cuenta cada vez con menos regiones inexploradas, regiones hostiles o inaccesibles: selvas, cordilleras, islas remotas o fondos de mares y lagos. Pero en esos lugares todavía es posible encontrar criaturas desconocidas. Aunque los escépticos descartan en principio las historias locales, el folklore y las leyendas que suelen rodear a estas criaturas, éstas sólo pueden ser consideradas verdaderas o falsas después de cuidadosas investigaciones y documentación. En algunos casos esto se ha realizado con éxito y los “monstruos” han sido identificados como genuinas criaturas vivientes: un monstruoso “antílope con cabeza de jirafa y grupa de cebra” resultó ser el okapi.

Situado en el Gran Glen, el lago Ness tiene una profundidad máxima de 300 metros, y 35 kilómetros de longitud. Debido a los depósitos de turba, en el agua la visibilidad es muy deficiente. Los lagos escoceses están, en cuanto a su origen, emparentados con los fiordos de Escandinavia e Irlanda. Los glaciares excavaron los valles ya existentes, incluyendo la falla del Gran Glen, hasta hace unos 10 000 ańos, cuando el hielo se retiró por última vez. Durante algún tiempo, algunos de los lagos estuvieron comunicados con el mar, cuyo nivel se había elevado debido al hielo que se había fundido. Después, al desaparecer el peso del hielo, la superficie del lago Ness quedó a unos 16 metros por encima del nivel del mar.

La conexión entre estas aguas y el mar sugiere recordar algunas historias de “monstruos marinos”paralelas: desde que la proa de las naves vikingas llevaba el Dragón del Mar como mascarón, el folklore escandinavo y céltico ha estado lleno de referencias a una criatura de cuello largo con una giba en el lomo. El obispo de Bergen, Erik Pontoppidan, en su Historia Natural de Noruega (1752), hacía referencia al gran kraken, tema de mitologías e historias de pescadores; otra de las criaturas “míticas” era el Sor-Orm, criatura parecida a una serpiente pero con ondulaciones verticales.

En Escandinavia muchos lagos tienen una tradición de criaturas que aparecen ocasionalmente en la superficie; entre ellos figuran el lago Suldal y el lago Storsjo, donde todavía se pueden ver dispositivos hechos en el siglo XIX para cazar al “animal”. Existen tradiciones similares en el lago Okanagan de América del Norte, en el Lagerflot de Islandia y en los lagos de Connemara en Irlanda, que están habitados por el pooka, kelpie o each uisge, “caballo de agua” en gaélico.

Serpiente MarinaEl kelpie y el caballo de agua aparecen en el folklore de los Highlands escoceses. Es curioso que el primer testimonio escrito sobre un monstruo acuático en el río Ness relata un incidente acaecido en el ańo 565, que aparece en la Vida de Santa Columba de san Adamán. Ese tipo de aparición era considerado -y en alguna medida sigue siendo así-; como de mal agüero, e inspiraba reticencia.

Siempre hubo informes sobre el lago Ness. Personas que viven allí recuerdan que en su infancia se les decía que no se bańaran en el lago, por temor al kelpie. Pero en realidad, el lago comenzó a llamar la atención después de 1933; ese ańo se construyó un camino en la ladera norte y se cortaron árboles y matorrales para obtener una vista mejor. Aumentaron los visitantes, y también las “observaciones” del “monstruo”. La primera que obtuvo amplia publicidad tuvo lugar el 14 de abril de 1933 y apareció en el Inverness Courier: según los testigos, el seńor y la seńora Mackay, la criatura, parecida a una ballena, se exhibió durante un minuto entero. Esta observación fue seguida de otras.., y pronto el lago Ness causó sensación en todo el mundo.

A esas alturas, la biología, la paleontología y la zoología ya estaban lo bastante maduras como para plantearse sistemáticamente la naturaleza de la criatura. Para ello había que contestar a muchas preguntas: por ejemplo, żcuándo llegó allí? żCómo sobrevive? Y, lo que es más importante, żqué es?

No se puede decir que el lago Ness sea un cul-de-sac de la evolución, ya que cualquier animal que viva en el lago tiene que haber llegado allí después de la retirada del hielo, hace 10 000 ańos, procedente de otra zona de agua dulce o del mar. Todas las especies de gran tamańo que viven actualmente en el lago pueden migrar por el río. Los peces son, sobre todo, salmónidos -salmones, trucha de mar, trucha de río y umbra- y anguilas que pasan la mayor parte de su vida adulta en agua dulce. La explicación más probable de la presencia de una especie desconocida es que llegó también desde el mar por el río Ness.

Como hábitat, el lago se caracteriza no sólo por su gran tamańo sino por su estabilidad. La mayor parte del agua que contiene no altera su temperatura en más de medio grado por encima o por debajo de los 5,5 °C. Las fuentes potenciales de alimento dentro del lago son las plantas, el plancton, el detritus (materia orgánica acumulada en el fondo) y los peces. Las aguas oscuras y turbias, la acentuada inclinación de las laderas y el corto verano restringen el crecimiento de las plantas con raíces, que se hallan, en su mayor parte, en los primeros tres metros de agua. Todos los animales herbívoros requieren un volumen muy considerable de comida para sobrevivir; la escasez de vegetación acuática en el lago descarta estas especies.

Algunos de los animales más grandes del mundo se alimentan con plancton, por ejemplo el mayor de los mamíferos, la ballena azul; podría ser que el monstruo también comiera plancton. Pero, en general, los lagos escoceses se caracterizan por una relativa esterilidad. Los animales que se alimentan con plancton presentan adaptaciones físicas para capturar y extraer el plancton del agua, así como bocas grandes, para engullir la mayor cantidad de agua posible, cosa que, según las observaciones, no es el caso de nuestro animal.

En general, los depósitos de detritus del lago Ness no son ricos en material orgánico; las muestras que se han tomado indican que la materia orgánica representa sólo un 15 a 30 % del total. Sin duda, la fuente de alimento más lógica para un animal de gran tamańo son los salmónidos migratorios (salmón y trucha de mar). Efectivamente, algunos aspectos de la conducta del monstruo apoyan la teoría de que se trata de un predador de peces. Las observaciones se hacen con más frecuencia en la desembocadura de los ríos crecidos, cuando los salmones los remontan para desovar; se ha advertido también alguna aceleración súbita de los movimientos del monstruo, que podría muy bien coincidir con la captura de un pez.

Una objeción a la existencia del monstruo ha sido siempre la ausencia de restos flotantes en la orilla. Hay pocos informes acerca de osamentas extrańas encontradas en los lagos escoceses, y ninguno de ellos es reciente. Los lagos Ness y Morar son profundos y fríos; el agua fría demora la descomposición, y da tiempo a las anguilas para dar cuenta de los restos. Esto puede explicar la reputación que tiene el lago Ness de “no devolver a los muertos”.

La presencia de un predador marino de peces adaptado al lago no es, en sí misma, muy notable. Lo realmente notable es que todavía se desconozca su naturaleza. Existen varias teorías al respecto. El invertebrado más grande que se conoce es el pulpo gigante, animal “mítico” hasta hace poco. Muy pocas de las observaciones del lago Ness podrían aplicársele. Por otra parte, si no fuera porque hasta hace poco el lago Ness era un brazo de mar, podría suponerse que se trata de un anfibio; pero el problema es que no hay -y la paleontología indica que nunca hubo- anfibios marinos.

Ciertamente, la teoría más popular afirma que el monstruo es un reptil. Sin embargo, las objeciones biológicas son importantes. La temperatura del lago parece demasiado baja para que un reptil mantenga su actividad. Además, tendría que salir a respirar a la superficie y desplazarse a la orilla a poner sus huevos. El reptil que más se adapta a las “descripciones” es el plesiosaurio. Con el precedente del celacanto, ausente de los registros fósiles durante 70 millones de ańos y hallado con vida y en buen estado en el Océano Indico en 1938, el mero hecho de que el plesiosaurio haya estado “extinguido” durante un período similar no detiene a sus defensores.

No obstante, desde el punto de vista del entorno, un mamífero de la familia de las focas sería más probable. Pero las focas procrean en tierra, Y la necesidad de respirar frecuentemente -y por tanto, de salir a la superficie- no les permitiría resultar tan esquivas. La solución menos improbable sería un pez, cosa que explicaría, por cierto, las escasas apariciones en la superficie y también tomaría en cuenta la reproducción. Podría tratarse de una enorme anguila de especie conocida o desconocida. Algunos datos del sonar indican que el contacto se eleva y vuelve al fondo, cosa que es coherente con el comportamiento de la anguila y del bagre europeo.

La forma romboidal de la aleta que aparecía en una foto del doctor Robert Rines le llevó a sugerir el nombre científico Nessiteras Rhombopteryx para el animal. Se ha seńalado que la forma de la aleta la hace poco eficiente para la propulsión acuática: probablemente el elemento de propulsión fundamental sería la cola, y las aletas funcionarían como timones, o quizá como frenos. Esto apoya la hipótesis del pez: de hecho, lo más parecido a la aleta de la foto es la de un dipnoo australiano que funciona como una pata para arrastrarse por el fondo. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos, no disponemos todavía de información suficiente para sugerir con seguridad un grupo animal.

Gigantes de los Mares

A pesar de que numerosos científicos siguen mostrándose escépticos ante la existencia de monstruos subacuáticos, los informes sobre observaciones, algunos muy detallados, desde todos los rincones de la Tierra, continúan dando testimonio de gigantescas criaturas.

Morgawr
Fotografía del monstruo de Cornualles, conocido como Morgawr, en 1975.

Uno de los monstruos más activos de los últimos ańos es el que recibe el nombre de Morgawr (en dialecto cómico, “gigante de los mares”), que ha sido visto con frecuencia durante 1975 y 1976 junto a Falmouth Bay, en la costa de Cornualles (Gran Bretańa). El 5 de marzo de 1976 fueron publicadas en el Falmouth Packei dos fotografías de la bestia que, aunque llegaron a la redacción en forma anónima, resultan bastante convincentes.

La publicidad dada a las observaciones más famosas han acarreado consecuencias de dos clases: la acumulación de informes similares, muchos de los cuales presentan todas las garantías de autenticidad, y la subsiguiente avalancha de embustes. El celo de los investigadores se ha dirigido a desenmascarar estos últimos, que han servido para ridiculizar a aquellos informes que les han dado fe.

¿Falso Monstruo?
Un informe falaz que contiene, quizá deliberadamente, una clave de su auténtica naturaleza, fue publicado en 1848 en el “Globe”, apenas una semana después de que “The Times” sacara a la luz el testimonio de Peter M’Quhae, capitán del Daedalus sobre una serpiente marina. La patrańa fue publicada en forma de una carta con matasellos de Glasgow del 19 de octubre, pretendidamente remitida por James Henderson, capitán del Mary Ann. Henderson escribía que el 20 de septiembre Mark Trelawny, capitán del bergantín Daphne, había divisado “una enorme serpiente, o culebra, con cabeza de dragón”, y que casi de inmediato había ordenado cargar un cańón con metralla y hacer fuego contra la bestia. El monstruo, de unos 30 m de longitud, tras echar espuma por la boca y azotar la superficie de las aguas, se alejó a una velocidad de 16 nudos.

El “Times” reprodujo la historia y un agudo lector escribió para preguntar cómo se las había arreglado el Daphne para recorrer en sólo diez días la distancia que mediaba entre el lugar del encuentro con la bestia y Lisboa, ciudad en la que el capitán Trelawny había relatado el suceso a Henderson. La distancia recorrida era de 8 000 km. y hubiera requerido una velocidad media de 20 nudos. El lector comentaba con sarcasmo: “Probablemente la serpiente llevó a remolque al bergantín.” Investigaciones posteriores demostraron que la carta era un embuste.

Los científicos escépticos exigen restos físicos que puedan someter a examen. Periódicamente el mar arroja en remotas playas grandes y extrańas osamentas, pero, debido a las urgencias inmediatas de la investigación científica y a la lejanía de las localizaciones, estos restos son habitualmente ignorados o identificados “desde lejos” como despojos de criaturas marinas conocidas. Muchas veces se los ha considerado como pertenecientes a la especie del marrajo gigante.

żRestos de monstruos?
Un cuerpo de 17 m de longitud fue arrojado por el mar en 1808 en una playa de la isla de Stronsay, en el archipiélago de las Orcadas, pero antes de que pudiera llevarse a cabo un riguroso examen científico, las tormentas destrozaron el putrefacto cadáver. El dibujo que se realizó a partir de las descripciones de los testigos representa a un animal extraordinario, de largo cuello y ondulante cola, y provisto de tres pares de patas, conformación hasta ahora desconocida para un vertebrado.

Finalmente, los restos fueron identificados como pertenecientes a un tiburón por el cirujano británico Everard Home, que había realizado un estudio sobre la anatomía de los tiburones y pudo obtener algunas muestras de los huesos de la bestia. Cuando el mar deposita un cadáver de tiburón en una playa, la rápida descomposición de ciertas partes de la anatomía del animal, principalmente la mandíbula inferior, los lóbulos inferiores de la cola y las aletas, da a los restos el aspecto de una criatura fantástica, con cuello largo y delgado, y cola.

En 1925, el cadáver de un ser no identificado fue depositado por el mar en las rocas de Santa Cruz, en la costa californiana. Los restos parecían corresponder a un animal de nueve metros de longitud, largo cuello y enorme cabeza con boca en forma de pico de pato, pero posteriormente fueron identificados como pertenecientes a una especie muy rara de ballena que habita en las aguas del Pacífico norte.

La gran masa globular en descomposición que en julio de 1960 fue arrojada por el mar en una remota playa del oeste de Tasmania, mereció escasa atención oficial hasta que, en marzo de 1962, los científicos de Hobart localizaron desde el aire el lugar exacto en que se encontraba y enviaron un grupo a investigar. Finalmente, y con ayuda de helicópteros, se transportaron muestras de los restos para su análisis, y el informe oficial afirmo que se trataba de “una gran masa de materia grasa en descomposición, perteneciente seguramente a una ballena”. Sin embargo, los biólogos que habían seguido el caso de cerca consideraron muy improbable esta versión.

?Plesiosaurio?
Espectacular fotografía del monstruo del Zuiyo Marú, para muchos, eran restos de un plesiosaurio.

El 25 de abril de 1977, el barco de pesca japonés Zuiyo Maru atrapó en sus redes un gran cadáver, parcialmente descompuesto, a unos 45 km. al este de Christchurch (Nueva Zelanda). El capitán, Akira Tanaka, tras fotografiarlo, lo devolvió al mar temeroso de que pudiera contaminar sus capturas. El incidente intrigó a la prensa mundial y un equipo de televisión voló desde Japón para hacer un reportaje. Aunque los tripulantes del barco estaban convencidos de que habían visto un monstruo desconocido, para los escépticos, las fotografías parecían mostrar un tiburón en estado de descomposición.

żPor qué la serpiente marina sigue siendo un animal relativamente desconocido? Una de las razones podría ser que, aunque más del 60 % de la superficie terrestre está cubierta por el agua, sólo una pequeńa parte es atravesada por la navegación comercial, que sigue rutas estrechas y prefijadas.

Monstruos catalogados
Los casos citados, y centenares más que pueden encontrarse en los diversos trabajos que se han publicado sobre el tema, llevan a la conclusión de que no existe un único tipo de monstruo marino. En 1965, el zoólogo belga Bernard Heuvelmans completó el más detallado y exhaustivo trabajo que se ha publicado sobre el particular: En la estela de las serpientes marinas, libro de valor inapreciable para todos los investigadores. En su obra, el doctor Heuvelmans describe y analiza más de quinientos informes que van desde 1639 hasta 1964. De toda esta masa documental, saca diversas conclusiones de las que vamos a intentar ofrecer un breve compendio.

De las 587 observaciones que recogió, Heuvelmans considera que 56 de ellas son falsas. En otro grupo reúne las referentes a criaturas marinas conocidas que habían sido tomadas por monstruos marinos desconocidos, encontrando 52 casos. Otros 121 informes fueron descartados porque las descripciones eran demasiado vagas o ambiguas.

Quedan así 358 observaciones, con diversas características respecto al modo de aparición y comportamiento, que pueden dividirse en nueve tipos que van desde la serpiente de “cuello largo”, que es la que aparece con mayor frecuencia, tiene un cuerpo en forma de cigarro y cuatro pies palmípedos, y nada con gran rapidez, hasta los poco frecuentes saurios marinos, que parecen cocodrilos de 15 a 18 m de longitud y que sólo han sido vistos en las aguas de los trópicos. El doctor Heuvelmans se refiere jocosamente a los otros tipos como caballos de mar, multijorobadas, supernutrias, multialetas, superanguilas, padres-de-todas-las-tortugas y barrigas amarillas. Descubrió también un grupo que denominó “periscopios ambiguos” y que puede ser asimilado a los monstruos de cuello largo o a las superanguilas.

Heuvelmans sostiene que la serpiente de cuello largo y las de las cuatro primeras categorías pertenecen a la clase de los mamíferos. La superanguila es probablemente un pez cuyo hábitat normal reside en las profundidades del océano, y que cuando es visto en la superficie está por lo general cerca de la muerte. Los saurios marinos podrían ser muy bien supervivientes del periodo jurásico que se desenvuelven perfectamente bajo la superficie de las aguas, y que de este modo han podido sobrevivir hasta nuestros días. El grupo de los barrigas amarillas resulta algo más difícil de clasificar a causa de la falta de descripciones detalladas, pero posiblemente sean peces, o quizá tiburones.

Otra de las observaciones del doctor Heuvelmans pone de manifiesto que las apariciones más frecuentes durante el presente siglo han sido las del monstruo del cuello largo, que debe de estar en plena expansión. Por el contrario, la supernutria no ha sido vista desde 1848, y Heuvelmans sugiere que estas dos especies pueden estar o haber estado compitiendo por el mismo nicho ecológico, y que la supernutria ha resultado perdedora, e incluso puede haberse extinguido.

El mundo submarino no ha sido aún totalmente explorado y, a pesar de los escépticos, parece que hay abundantes pruebas de que existen gigantescas criaturas desconocidas. Los científicos creen que dentro de poco podrán tener un conocimiento mucho más amplio de la vida en las profundidades de los océanos. Además, cada ańo se descubren nuevas especies, de modo que quizá no se haga esperar la respuesta al misterio de los monstruos marinos.

Mounstros Marinos

Las profundidades del océano están pobladas por numerosas criaturas que la ciencia todavía desconoce, y dichos relatos no pueden ser descartados tranquilamente como fruto de la imaginación.

Si tenemos en cuenta que más del 60 % de la superficie de la Tierra está cubierta por agua, difícilmente puede sorprendernos que la humanidad tenga noticia de la existencia de monstruos marinos desde la más remota antigüedad. E incluso en nuestros días, los biólogos marinos, que llevan mucho tiempo estudiando las profundidades de los océanos, están dispuestos a aceptar con cierta prudencia que los numerosos informes de observaciones de monstruos marinos parecen probar que muchas criaturas, por ahora desconocidas y no clasificadas, habitan en lo más oscuro y oculto de las aguas.

La bíblica bestia del mal, el Leviatán (la serpiente enroscada; el dragón que vive en el mar), es mencionada cinco veces en el Antiguo Testamento, y todas las mitologías nos hablan de gigantescas serpientes marinas.

Ilustración que representa uno de los monstruos marinos descritos por el arzobispo Olaf.

Los eclesiásticos escandinavos recopilaron muchos de los primeros informes sobre monstruos marinos. El arzobispo Olaf Mansson, más conocido como Olaus Magnus, que vivió exiliado en Roma tras el triunfo de la Reforma en Suecia a mediados del siglo XVI, publicó en 1555 una historia natural de las tierras del Norte que contiene informes sobre serpientes marinas. Entre ellas describe una de 60 metros de longitud y 6 metros de grosor que era capaz de comer terneros, cerdos y corderos, y que incluso podía arrebatar a los hombres de la cubierta de los barcos. La descripción del arzobispo es muy interesante. Explica que la serpiente marina es de color negro, que de su cuello pende una melena, que sus ojos son resplandecientes y que yergue la cabeza como una columna. Pues bien, estas características aparecen también en informes recientes, lo que nos permite suponer que Olaus Magnus escribía basándose en testimonios directos de los hechos, que luego fueron distorsionados por los avatares de la transmisión oral.

Doscientos ańos después los historiadores seguían recogiendo testimonios de la existencia de las serpientes marinas. Un misionero noruego, Hans Egede, informó de la aparición de un monstruo marino en la costa de Groenlandia el 6 de julio de 1734. El misionero escribió que el cuerpo de la bestia era tan grueso como el de un barco y tres o cuatro veces mas largo, y que el monstruo surgía de las aguas con un salto ágil y volvía a sumergirse.

Otro escritor del siglo XVIII que afronto el misterio de las serpientes marinas fue el obispo de Bergen, Erik Pontoppidan. Tras una minuciosa investigación, comprobó que era raro el ańo en que no se hubiera visto alguna en las costas escandinavas, publicando el informe de sus descubrimientos en 1752.

Un ańo antes, el obispo había hecho leer ante el Tribunal de Justicia de Bergen una carta del capitán Lorenz Von Ferry en la que se describía con todo lujo de detalles una serpiente marina que él y su tripulación habían visto mientras se dirigían a tierra en un bote de remos, junto a la localidad de Molde (Noruega) en 1746. El capitán describía así a la serpiente: tenía una cabeza gris semejante a la de un caballo, grandes ojos negros, boca negra y larga melena blanca. Detrás de la cabeza del monstruo, pudieron apreciar hasta siete u ocho promontorios que salían del agua, y el cuerpo de la bestia se retorcía formando espirales. Cuando el capitán Von Ferry ordenó hacer fuego contra la serpiente, ésta se sumergió en el agua y no volvió a aparecer.

Thomas Huxley
MThomas Huxley, científico destacado que se pronunció a favor de la existencia de monstruos marinos.

En el transcurso del siglo XVIII, el peso cada vez mayor de la crítica racionalista y del análisis científico determino que los informes de los marineros que habían divisado monstruosas bestias marinas fueran considerados exagerados y ridículos. Un científico noruego, Peter Ascanius, afirmó que la hilera de jorobas que habían visto los marineros no pertenecía a ningún descomunal monstruo marino, sino a una comitiva de delfines haciendo cabriolas. Y esta explicación tan endeble se convirtió desde entonces en el recurso favorito de quienes pretendían desacreditar los testimonios sobre la existencia de monstruos marinos.

Sin embargo, no deja de resultar sorprendente que los naturalistas que se tomaron la molestia de estudiar detenidamente los informes se pronunciaran casi invariablemente por la existencia de la serpiente marina. Entre otros podemos citar a Sir Joseph Banks, eminente científico británico que dio la vuelta al mundo con el capitán Cook, y a Thomas Huxley, quien en 1893 escribió que no había razón alguna para dudar de que en el fondo de los mares existiesen reptiles serpentiformes de 15 metros de longitud, o incluso más.

Los biólogos marinos americanos con mayor reputación de la época convinieron en que las profundas simas de los mares, aún inexploradas, podían albergar especies de criaturas monstruosas, y uno de los conservadores del London Zoological Garden, A. D. Bartlett, afirmó en 1877 que consideraba una temeridad no hacer caso de una evidencia que procedía de fuentes tan diversas.

Constantin Samuel Rafinesque fue un brillante y polémico naturalista que contribuyó de forma importantísima al conocimiento de la flora y de la fauna americanas. Nacido en Europa en 1783, en 1815 emigró a Estados Unidos, donde fue profesor de ciencias naturales en la Universidad de Transylvania, en Kentucky. La serpiente marina, de cuya existencia estaba firmemente convencido, formaba parte del vasto campo de sus intereses.

Durante la primera mitad del siglo XIX se registraron numerosas observaciones de serpientes marinas a lo largo de la costa nororiental de América. La zona donde abundaron más los testimonios fue en torno al puerto pesquero de Gloucester, en Massachusetts. Rafinesque examinó los informes y decidió dividirlos en cuatro grupos, denominando a las bestias Megophias, es decir, “serpientes gigantescas”.

Pero los investigadores de fenómenos inexplicados sobre las apariciones de bestias marinas seguían encontrando una fuerte oposición entre los científicos. Uno de los más incrédulos era Sir Richard Owen, sabio prestigioso, aunque de mentalidad muy conservadora, a quien Darwin había considerado “uno de mis principales enemigos”.

La serpiente del Daedalus
Ilustración representando el encuentro que tuvo el Daedalus con una serpiente marina gigante.

En 1848 Owen sostuvo un intercambio epistolar de cierta acritud, que tuvo como marco las columnas de “The Times”, con el capitán Peter M’Quhae. El debate giraba en torno a una serpiente marina de 18 metros que el capitán y su tripulación afirmaban haber visto en aguas del Atlántico Sur, desde la cubierta del Daedalus, el 6 de agosto de aquel mismo ańo. Aunque Owen echó mano de la acostumbrada estratagema de los escépticos, que consistía en interpretar los informes de manera que se ajustasen a las propias preconcepciones (la identificación que dio era un león marino), el capitán M’Quhae se mantuvo firme en su convicción de que lo que había visto era una serpiente marina.

Como es natural, los monstruos marinos han ocupado siempre un lugar importante en las consejas de los marineros. Algunos informes son exagerados sin duda, pero muchos otros, que consiguieron figurar en los diarios de a bordo, resultan curiosamente consistentes.

En mayo de 1901, cuando los oficiales del vapor Grangense, que navegaba por el Atlántico Occidental, vieron desde el puente una criatura monstruosa semejante a un cocodrilo, con dientes de 15 cm, el capitán se negó a tomar nota del hecho en el diario de a bordo, objetando: “Van a decir que estábamos borrachos; y les agradeceré seńores, que se abstengan de mencionar lo ocurrido a nuestros agentes de Pará y Manaus.”

Pero no faltaron otros menos cuidadosos con su reputación, como el teniente de navío George Sandford, el cual, como capitán del navío mercante Lady Combermere, en 1820 informó haber visto en aguas del Atlántico una serpiente de 18 a 30 metros de longitud que arrojaba un chorro de agua como una ballena.

El 15 de mayo de 1833, cuatro oficiales del ejército británico y un intendente militar, que habían salido de pesca, vieron una serpiente de unos 24 metros de longitud que nadaba por el mar a no más de 180 metros de donde ellos estaban. La aparición se produjo en Mahone Bay, a unos 65 km. al oeste de Halifax, en Nueva Escocia, y los testigos quedaron tan convencidos de la importancia de lo que habían visto que firmaron todos una declaración a la que ańadieron: No hubo posibilidad alguna de error, ninguna ilusión, y estamos muy satisfechos de haber tenido el privilegio de ver la “auténtica y genuina serpiente marina”, que siempre ha sido considerada como producto de la imaginación de algunos capitanes de barco yanquis.

Otra aparición de un monstruo marino semejante a un cocodrilo tuvo por testigos al capitán y la tripulación del Eagle el 23 de marzo de 1830, pocas horas antes de que el barco atracara en Charleston, en Carolina del Sur. El capitán Deland acercó su goleta a menos de 22 m de la bestia y le disparó con un mosquete a la cabeza. Alcanzado por el proyectil, el monstruo se sumergió debajo del navío y lo golpeó repetidas veces con la cola, provocando serios desperfectos en el casco.

Otro de los militares que vio de cerca un monstruo marino de las profundidades fue el mayor H. W. J. Senior, de los Bengal Staff Corps. El 28 de enero de 1879, viajando en el City of Baltimore por aguas del golfo de Adén, pudo ver, a una distancia de 450 m del barco, una cabeza semejante a la de un bulldog, con un cuello de unos 60 cm de diámetro, que salía del agua hasta alcanzar una altura de seis a nueve metros. La criatura se movía con tal rapidez que le resultó imposible seguirla con los prismáticos. Su relato fue firmado también por otros testigos.

Ha pasado más de un siglo desde el episodio anterior, y durante este tiempo los monstruos marinos han continuado emergiendo ante sus asustados observadores. El intrépido capitán John Ridgway,que cruzaba el Atlántico en un bote de remos, vio un monstruo pocos minutos antes de la medianoche del 25 de julio de 1966. Su compańero, el sargento Chay Blyth, que más tarde se convertiría en un balandrista de fama mundial, estaba profundamente dormido. Mientras remaba, Ridgway oyó un ruido parecido a un silbido y, de pronto, vio una serpiente de unos 10 metros de longitud, con el cuerpo fosforescente -“era como si de su cuerpo colgara una hilera de luces de neón”-, que se acercaba a toda velocidad, se sumergía debajo del bote y no volvía a aparecer.

Mamuts vivos

El mamut cuyos restos se encontraron en Berezovka proporcionó a los hombres de ciencia un material de trabajo muy rico. Un detalle muy curioso: la hierba y las flores que se hallaron en la boca de la criatura indicaban que había sufrido una muerte repentina… żCuál?

La autopsia proporcionó la respuesta, y el doctor Herz, jefe de la expedición, pensaba que muchos otros mamuts pudieran haber muerto del mismo modo. Un análisis riguroso del contenido del estómago del animal mostró que contenía hierbas, musgos y líquenes de varias clases, además de ramas verdes de árboles de la tundra, como abetos y pinos. La presencia de algunas semillas indicaba que la muerte se había producido en otońo. Los ranúnculos sin masticar indicaban que el mamut debió de encontrarse con un desastre súbito. Según lo descubierto por el geólogo, todos los detalles indican que el mamut debía estar pastando cuando pisó hielo demasiado delgado y cayó en el profundo barranco, rompiéndose una pata y la pelvis. Al debatirse en el suelo hizo caer toneladas de nieve y fango semicongelado de los lados del barranco, y se asfixió. Un hecho interesante es que alguna parte del cuerpo se había transformado en adipocira (mecanismo que consiste en un endurecimiento de la grasa corporal semilíquida, que se convierte en una especie de sebo casi permanente). Esto ocurre cuando un cuerpo -humano o animal- ha estado sumergido en agua o enterrado en un lugar húmedo.

Mamut congelado
Cuerpo perfectamente conservado de una cría de Mamut, fue hallado en Siberia el verano de 1977.

Desde entonces se han encontrado algunos cadáveres parcialmente preservados en el cinturón de permafrost. En 1948, por ejemplo, una excavaciones que empleaban una manguera de alta presión, en Alaska, pusieron al descubierto la cabeza y los cuartos delanteros de una cría de mamut, mientras un ejemplar aún mejor que el de Berezovka salió a la luz en la misma zona -Yakutsk- en el transcurso de unos trabajos de obras públicas en el verano de 1977. Era un animal de seis meses y como su trompa estaba intacta, los investigadores observaron por primera vez los dos “dedos” de la punta de la trompa, al parecer necesarios para levantar objetos pequeńos, a la manera de los elefantes modernos, aunque el “dedo” inferior del mamut también actuaba como solapa, para proteger los orificios nasales.

El mamut de 1977 había muerto igual que el de 1900 y, como seńalaba Hertz, debía ser un tipo de muerte corriente para esas bestias tan voluminosas. Los escépticos arguyen, sin embargo, que seguramente no todos los mamuts perecieron de ese modo. La escuela catastrofista sostiene que fue un desastre colosal lo que causó un cambio brusco de temperatura y heló los desiertos siberianos, privando de su comida a los mamuts. La teoría fue dada a conocer a principios del siglo XIX por el naturalista francés Georges Cuvier, considerado el padre de la paleontología moderna. Pero en general la ciencia moderna no acepta el catastrofismo. Una objeción es que Cuvier basó sus hipótesis en una interpretación errónea de las “lagunas” de millones de ańos entre los fósiles encontrados en un estrato de rocas y los que se encontraban en el adyacente. El estado de los conocimientos geológicos en su tiempo era tal, que los hombres de ciencia no se habían dado cuenta de que las erupciones volcánicas y otros movimientos en la superficie de la Tierra podían mezclar los estratos de forma confusa. En cualquier caso, no hay lagunas en los registros fósiles de Siberia desde la desaparición del mamut. Ni, como demostró Hertz, ha cambiado mucho la vegetación desde que el ejemplar de Berezovka murió comiendo ranúnculos.

La explicación más razonable de la extinción de las grandes manadas no se encuentra en un súbito cambio de temperaturas, sino en una serie de inviernos muy duros. Los mamuts eran animales migratorios que se desplazaban lentamente hacia el sur en invierno, y volvían al norte en verano. Sus extrańos colmillos curvados hacia adentro les servían probablemente para raspar la superficie de la nieve y dejar a la vista la hierba y los líquenes que había de bajo. Ciertamente, los animales podían vivir bajo un frío extremo, con su espeso pelaje, sus orejas pequeńas y sus jorobas de grasa que, como las del camello, almacenaban energía. Pero quizá un exceso de frío les impidió en un momento dado rascar el suelo a la profundidad suficiente para encontrar alimento. Si esas condiciones se repitieron durante decenas o cientos de ańos, era lógico que las manadas disminuyeran e incluso desaparecieran.

Cria de Mamut
Los restos del mamut hallado estaban tan bien conservados que sus dedos extremos estaban completos.

Algunos hechos respaldan esta idea. Robert Belí, en el boletín de la Sociedad Geológica de América, proporcionó en 1898 pruebas para esa teoría, relatando un hecho ocurrido en la isla de Akpatok, en la bahía de Ungava (Canadá). Esta gran isla siempre había estado llena de renos, pero un invierno en que la nieve era más profunda de lo habitual, llovió (un acontecimiento casi sin precedentes) y se formó una capa de hielo sobre el terreno y sobre la nieve, impidiendo así que los renos obtuvieran alimento. La consecuencia fue que murieron todos, y la isla nunca volvió a poblarse. Si esa gran manada hubiese sido la única de la especie, los renos se habrían extinguido.

Belí también mencionaba el gran número de huesos de mamut hallados en la costa siberiana, particularmente en la desembocadura de ríos como el Liena. Seńalaba que en su juventud, antes de que los búfalos fueran casi exterminados por los cazadores, grandes manadas se ahogaban cuando intentaban cruzar ríos helados y el hielo no era suficientemente grueso para soportar su peso. Y el mamut era mucho más pesado que el búfalo.

Todas estas teorías -además de otra, menos convincente, según la cual el hombre prehistórico cazó mamuts hasta provocar su extinción– pueden tener alguna relación con la desaparición del mamut lanudo. Pero subsiste una inquietante posibilidad; quizás estos animales no se hayan extinguido.

El gran bosque de Siberia, la taiga, se extiende por 7.770.000 km2, y, exceptuando algunos cazadores nómadas primitivos, está deshabitado. En 1581 Ermak Timofeyevich, capitán de una banda de cosacos enviados a Siberia cuando Rusia comenzó a conquistar ese territorio, informó que una de las primeras cosas que él y sus hombres vieron después de cruzar los Urales fue “un gran elefante peludo”. Los nativos no se sorprendieron, y le dijeron que solían designarlos con un nombre que significaba “montańa de carne”. Esto sucedió un siglo antes de que el diplomático y explorador Evert Ysbrandt Ides sugiriera que el mamontova-kosty provenía de un animal parecido al elefante.

Pero un respetado diplomático francés llamado Gallon hizo un relato mucho más impresionante en 1920. Gallon estaba destinado en Siberia en esa época, y se puso a conversar con un campesino ruso, un cazador que había pasado cuatro ańos en la taiga persiguiendo osos y lobos. Según le contó a Gallon, en su segundo ańo encontró una gran huella hundida profundamente en el lodo. Debía tener 60 cm de largo y 45 de ancho… no era redonda, sino ovalada. Había cuatro rastros, los rastros de cuatro patas, las dos primeras a unos 4 m de las segundas y el segundo par era un poco más grande. Entonces el rastro torció bruscamente hacia el este, penetrando en un bosque de olmos medianos. En el punto en que entraba vi un gran montón de estiércol; lo observé y vi que estaba compuesto de materias vegetales. A unos 3 m de altura, justo donde el animal había entrado en el bosque, vi una hilera de ramas rotas.

Mamut lanudo
Reconstrucción de un Mamut Lanudo, similar a los que avistaron varios cazadores en la taiga rusa.

El cazador siguió el rastro y, unos días después, descubrió que se le había unido otro, igual al primero.
Tenía el viento de frente, lo que era bueno para acercarme a ellos sin que supieran que estaba allí. De pronto, vi claramente a uno de los animales y debo admitir que sentí mucho miedo. Se había detenido junto a unos árboles jóvenes. Era un enorme elefante con grandes colmillos blancos, muy curvados; por lo que vi era de color castańo oscuro. Tenía pelo largo en las ancas y más corto delante. Le diré que no conocía la existencia de elefantes tan grandes… el segundo animal estaba cerca; sólo lo vi unos momentos, entre los árboles. Parecía del mismo tamańo.

El fusil del cazador, adecuado para cazar osos, no era del calibre suficiente para disparar contra esos monstruos. Se alejó cautelosamente y volvió a sus cuarteles de invierno, aterrorizado por lo que había visto.
“Esa -terminaba diciendo el informe de Gallon- fue la historia de este hombre, demasiado ignorante para saber que había visto a dos mamuts. Y cuando le dije su nombre no dio seńales de haberlo entendido.”

Sólo considerando el hecho de que ningún hombre de ciencia ha dado una explicación totalmente satisfactoria de las razones de la extinción del mamut lanudo, que su dieta habitual, como reveló el estómago del mamut de Berezovka, todavía florece en Siberia, y tomando en cuenta el testimonio de Gallon, existen posibilidades reales de que unos pocos de estos gigantes lanudos sigan pastando en los enormes y casi inexplorados bosques de Siberia.

Pero a esas razones hay que ańadir otro tipo de evidencias, mucho más próximas a nosotros: el 28 de octubre de 1981, los titulares de los periódicos más informados anunciaban: “Mamuts vivos, vistos en Yakutia (Siberia).” Al parecer, un grupo de cazadores habían avistado a unos 300 m de distancia una manada de mamuts vivos; según fuentes militares soviéticas, habían aportado como prueba moldes de huellas. A partir de aquel momento, la Academia de Ciencias de la URSS tomaba cartas en el asunto; tal vez dentro de poco todos podamos admirar fotografías, o incluso ejemplares vivos, de este mítico animal.

¿Hombres bestias?

Los “Hombres Salvajes de los Bosques” son figuras habituales en el folklore de algunos países nórdicos. En la Inglaterra medieval se les denominaba woodwoses o woodhouses y en las iglesias de East Anglia existen bajorrelieves que los representan. Aunque resulta tentadora la idea de considerar a los woodwoses como pintorescas quimeras de la imaginación rural, una reciente oleada de informes sobre “hombres-bestia” de hasta 2,40 metros de altura que han sido vistos en América del Norte hace que no sea tan fácil ignorarlos.

Los “Bigfoot” (expresión que equivalente a pies-grandes) o “Sasquatch”, según la denominación amerindia usada en la Columbia Británica, en Canadá, aparecen últimamente con tanta frecuencia en los titulares de periódicos, que tienden a ignorarse otras observaciones similares acaecidas en partes del mundo mas lejanas o menos dadas a la publicidad. Sin embargo, de vez en cuando llegan informes desde el Himalaya, considerado tradicionalmente el hogar del Yeti. En 1974, una chica nepalesa que guardaba un rebańo de yaks a 4250 metros de altitud en las montańas cercanas al Everest, fue atacada por un Yeti; y en 1978 lord y lady Hunt, que se habían vuelto a Nepal para conmemorar el ascenso al Everest en 1953, vieron y fotografiaron grandes huellas en la nieve alrededor de sus cabańas.

Huellas de Yeti1
Huella de Yeti encontrada en una expedición al Himalaya en 1951.

Mucho se ha escrito acerca del Yeti a lo largo de los ańos, aunque el número de observaciones reales ha sido muy pequeńo. Como contrapartida, se ha escrito muy poco sobre “hombres salvajes” u “hombres bestia” en China; pero, por lo que se ha publicado, parece que abundan en las provincias de Hopeh y Shansi, zona montańosa y boscosa situada al norte del país. Pan Gensheng, un jefe de comuna de 33 ańos, presento un informe muy espectacular en junio de 1977. El hecho ocurrió cuando Pang estaba cortando leńa en las montańas de Taibai, en la provincia de Shansi: – El hombre velludo se acerco a unos dos metros y medio, y después a un metro y medio de donde yo estaba. Levante el hacha, dispuesto a luchar por mi vida. Nos quedamos así, los dos inmóviles, mas de una hora. Después, tome una piedra y se la tire. Le dio en el pecho. Lanzo varios aullidos y se froto el lugar del golpe con la mano izquierda. Después fue hacia la izquierda, se apoyo en un árbol y se alejo, dirigiéndose lentamente hacia el fondo del barranco. Y hacia un ruido como si mascullara algo.

Huellas de Yeti2
Huella tomada a 4800 metros de altura en 1980, por un alpinista polaco.

El “hombre” media algo mas de dos metros, tenia la frente huidiza y ojos negros muy hundidos. Su mandíbula era prominente y sus dientes delanteros, anchos. La cabellera castańo oscura le llegaba hasta los hombros, y tenia la cara y cuerpo cubiertos de vello corto. Sus largos brazos le llegaban hasta las rodillas y caminaba erguido, con las piernas muy separadas. El Instituto de paleoantropología y paleontología vertebrada de la Academia China de Ciencias ha investigado estos informes, pero hasta ahora no ha logrado resolver el enigma del “hombre salvaje”, cuyo aspecto y conducta son, por cierto, muy similares a los otros “piegrandes”.

Huellas de pies en la nieve
También en la Unión Soviética se han realizado investigaciones; la doctora Jeanna Kofmanva, desde 1955, tras las huellas de los llamados almas en las montańas del Cáucaso. Ha recibido muchos informes de testigos oculares y ha entrevistado personalmente a unas 4000 personas.

Una de ellas es Mukhamed Tomákov, capataz de una granja, que en 1946 atrapó un almas en una cabańa de montańa, en Getmish. La criatura tenía aspecto humano pero estaba cubierta de pelo y corría a cuatro patas, sosteniéndose sobre las traseras sólo cuando se detenía. (A veces, pero no a menudo, los piegrandes americanos han sido vistos corriendo a cuatro patas.) Cuando la criatura entró en la choza, Tomákov echó la llave a la puerta y fue a buscar una soga. Cuando volvió la puerta es taba abierta y la cabańa vacía.

Huellas confundidas con las de un Yeti
Una hilera de huellas que fueron confundidas con las de yeti y que resultaron ser huellas de cabra de montaña derretidas por la acción del sol.

Las montańas del Pamir, en la frontera sur de la Unión Soviética, son otra guarida de los hombres salvajes, cosa lógica, ya que constituyen una prolongación del Himalaya hacia el noroeste. En el verano de 1979 una expedición soviética encontró allí huellas de 34,3 cm de largo y 16,5 cm de ancho a la altura de los dedos; pero nadie vio quién o qué las había hecho.

También han sido vistos hombres-bestia en Siberia; a principios de los ańos 60, un cazador que vivía cerca del río Obi vio a dos de estas criaturas cuando salían del bosque, una tarde, mientras caminaba con sus perros. Los perros huyeron aterrorizados, pero no sufrieron dańos. En general, los perros temen a esos seres; en América, a los piegrandes no les gustan los perros, y se sabe que en ocasiones los han herido o matado. El cazador siberiano observó que los hombres salvajes estaban cubiertos de pelo oscuro, tenían brazos largos y volvían los pies hacia afuera cuando andaban. Sus ojos tenían un brillo rojo oscuro (otra característica que indica un parecido con los piegrandes). En los ańos 20 un chuchunaa (nombre que significa proscrito y que se da al hombre-bestia en la región de Yakutia, en Siberia oriental) vestido con pieles de ciervo fue visto por unos aldeanos cogiendo fruta.

En América también se ha visto a piegrandes comiendo frutas, y ha habido informes ocasionales de que llevan ropas.

X, Hibagones y yowies
En todos los continentes sigue habiendo zonas inexploradas, selvas o montańas boscosas don de raramente penetra nadie. Por supuesto, cuanto más remotas sean dichas zonas, menos probable es que se produzcan encuentros inesperados con estas formas de vida desconocidas, a menos que se organicen expediciones con la intención de localizarlas. Esto explica por qué sólo tenemos datos fragmentarios de América del Sur y África. Pero lo que se sabe sugiere que hay mucha actividad.

En 1978, Jacqueline Roumeguere-Eberhardt, del Centro Nacional de Investigaciones Científicas de París, publicó una información acerca de sus investigaciones sobre el hombre-bestia africano, a quien había bautizado, sin mucha imaginación, como X. En esa época disponía de 31 relatos de observaciones en 11 selvas de Kenya, y había conseguido identificar cuatro tipos diferentes de X. Un nativo fue capturado y examinado cuidadosamente por un X antes de ser empujado en dirección a su casa.

A veces aparecen informes en zonas mucho menos prometedoras. Nuestra idea occidental de Japón como pequeńa nación industrializada deja poco margen para imaginar zonas remotas y deshabitadas con una población de hombres-bestia. Sin embargo, a principios de los ańos 70 fueron avistados varios hibagones (como se bautizó al animal) en el monte Hiba, cerca de Hiroshima. El labrador Albert Kubo vio a una de estas criaturas de 1,50 m de altura, ojos grandes y olor nauseabundo, en 1974, cuando estaba en sus campos de arroz. (El fuerte olor caracteriza asimismo a muchos piegrandes norteamericanos).

Cazador de Hombres Bestia
EIgor Burtsev, cazador ruso, sosteniendo el molde de una huella encontrada en 1979 en Asia central.

El enorme y poco poblado continente australiano posee también, como era de esperar, su hombre-bestia. Los aborígenes, que aparentemente conocían bien su existencia, le daban muchos nombres diferentes, pero actualmente se le llama yowie. Se ha informado de su presencia con regularidad, especialmente en Nueva Gales del Sur y Queensland, desde fines del siglo XVIII. El 3 de octubre de 1894, un chico llamado Johnnie McWilliams vio uno mientras cabalgaba desde su casa en Snowball hacia la estafeta de correos de Jinden, en Nueva Gales del Sur. El hombre, que salió huyendo, media más de 1,80 m y era de complexión fuerte.

Joseph y William Webb, preparándose para acampar una noche a finales de siglo en las montańas de Brindabella, Nueva Gales del Sur, tuvieron un encuentro más espectacular con un yowie. Escucharon un profundo bramido gutural y ruidos, como si alguien se abriera paso por los matorrales. Apareció entonces una criatura, del tamańo de un hombre; al dispararle se volvió y huyó.

En América del Norte hay indicios de que las armas de fuego no sirven contra estos gigantes velludos, porque no son suficientemente potentes, o por alguna razón más extrańa.

Rex Gilroy, australiano investigador de yowies, ha reunido más de 3000 informes de observaciones, los cuales, como sucedió en América del Norte, aumentaron durante los ańos 70. Un encuentro a muy poca distancia, en la que el testigo pudo observar al yowie a poco más de dos metros, fue comunicada por un empleado de los parques nacionales en Spring brook, Queensland, en marzo de 1978. El yowie, al parecer, gruńía como un cerdo, se parecía mucho a un gorila y despedía un olor inmundo.

En definitiva, tanto su apariencia como su comportamiento hacen pensar que el yowie es un primo cercano del piegrandes norteamericano.