¿Bomba nuclear en 1908?

Siberia, 30 de junio de 1908: una brillante bola de fuego atraviesa ardiendo la atmósfera de la Tierra, explotando a una altura de 8.000 m sobre el valle rocoso del río Tunguska. La explosión fue equivalente a la de una bomba nuclear de doce megatones y medio. Según una teoría popular, la explosión de Tunguska fue en realidad una ráfaga nuclear causada por el incendio de una nave espacial atómica. Pero otra importante teoría afirma que el objeto de Tunguska era la cabeza de un pequeńo cometa. żCon qué evidencias contamos para apoyar estas dos teorías opuestas?

Pistas sobre radioctividad
Willard Libby, creyó descubrir carbono 14 radioactivo después de la explosión de Tunguska.

Algunas claves importantes para determinar la naturaleza de la explosión se obtuvieron en el transcurso de tres expediciones al lugar, en 1958, 1961 y 1962, dirigidas por el geoquímico soviético Kirill Florensky. La expedición de 1962 utilizó un helicóptero para explorar el área del desastre. En lugar de buscar grandes fragmentos de meteoritos, como lo había hecho Leonid Kulik a finales de los ańos veinte, el equipo de Florensky analizó cuidadosamente el terreno a fin de encontrar partículas microscópicas que pudieran haberse desparramado durante el incendio y desintegración del objeto de Tunguska. La búsqueda dio los frutos esperados. Los científicos lograron delimitar una estrecha franja de polvo cósmico extendida a lo largo de 250 kilómetros hacia el noroeste del lugar de la explosión, compuesto por magnetita (óxido de hierro magnético) y pequeńos cristales de roca fundida.

Estas muestras obtenidas del objeto de Tunguska debieran haber bastado para acabar con la controversia acerca de su origen de una vez por todas. En 1963 Florensky escribió un artículo sobre sus expediciones en la revista Sky & Telescope. El artículo llevaba por título “żChocó un cometa con la Tierra en 1908?”. Entre los astrónomos, la teoría del cometa siempre ha sido la preferida. En su artículo decía Florensky que este punto de vista “estaba ahora confirmado”.

Control de radiación
La expedición de Florensky controló cuidadosamente la existencia de radiación en la zona. El equipo informó que la única radiación hallada en los árboles del área de Tunguska era polvillo radiactivo proveniente de pruebas atómicas que había sido absorbido por la madera. El grupo científico dirigido por Florensky también examinó en detalle la aceleración del crecimiento del bosque en la zona devastada, que algunos habían atribuido a los perjuicios genéticos causados por la radiación. Los biólogos concluyeron que únicamente se había producido una aceleración del crecimiento, normal después de un incendio (fenómeno bien conocido).

Pero, ża qué se debieron entonces las “costras” con que quedaron cubiertos los renos de la zona después del estallido? Ante la falta de un informe veterinario, sólo se puede especular, pero lo más probable es que no fueran provocadas por la radiación atómica, sino simplemente por la enorme ráfaga de calor que siguió a la explosión y que también provocó el incendio de los bosques.

Los que creen en la teoría de una explosión nuclear citan las investigaciones realizadas en 1965 por tres físicos norteamericanos, Clyde Cowan, C.R. Atluri y Willard Libby, quienes hallaron un aumento, que cifraron en un uno por ciento, en el nivel de radiocarbono contenido en los anillos de los troncos de los árboles tras la explosión de Tunguska. Una explosión atómica deja en libertad una ráfaga de neutrones, que convierten el nitrógeno atmosférico en carbono 14 radiactivo, y que es absorbido por las plantas junto con el carbono corriente durante un proceso normal de fotosíntesis. Si la explosión de Tunguska fue nuclear, sería de esperar un exceso de radiocarbono en las plantas que entonces se encontraban en crecimiento.

Para probar esta hipótesis los científicos americanos analizaron tres anillos de un abeto tipo Douglas de trescientos ańos, proveniente de los Montes Catalina, cerca de Tucson (Arizona), y también de un viejo roble de un bosque próximo a Los Ángeles, hallando que el nivel de radiocarbono en ambos árboles había ascendido sólo en un 1 % entre 1908 y 1909. Un importante chequeo doble fue efectuado por tres científicos holandeses en un árbol proveniente de Trondheim (Noruega), mucho más cercano al sitio de la explosión, donde sus efectos deberían haber sido mucho más evidentes. En vez de encontrar un aumento de radiocarbono en 1909, lo que hallaron fue un descenso constante de aquel nivel durante esa época. Por lo tanto es posible que el aumento detectado en los árboles americanos por Cowan, Atluri y Libby se deban a efectos locales y no a la explosión de Tunguska.

Tunguska
Vista de la devastación.

Modelo de destrucción
Finalmente, żqué decir del grupo de árboles que quedaron en pie en el centro de la zona afectada por la explosión de Tunguska -al igual que quedaron árboles debajo del punto de explosión de la bomba de Hiroshima- y de la “columna ardiente” vista después de la explosión? De hecho, estos efectos no se producen únicamente tras un estallido nuclear. Cualquier explosión va acompańada de una ascensión de aire caliente y de una humareda. Frecuentemente se producen explosiones de brillantes bolas de fuego cuando penetran en la atmósfera trozos de escombros provenientes del sistema solar; afortunadamente para nosotros, la mayoría de ellos son mucho más pequeńos que el objeto de Tunguska.

Una explosión de cualquier tipo dejaría un grupo de árboles en pie, como ha sido demostrado por los experimentos en pequeńa escala realizados por Igor Zotkin y Mijail Tsikulin, miembros de la comisión investigadora de meteoritos de la Academia de Ciencias de la URSS, quienes provocaron pequeńas explosiones sobre un bosque piloto, logrando reproducir el modelo de árboles derribados, incluido el grupo central no afectado.

En consecuencia, parece que toda “evidencia” a favor de la teoría de una explosión nuclear queda reducida a una mala interpretación o a una distorsión malintencionada.

Sorprendentemente, el suceso de Tunguska se repitió en una escala menor sobre América del Norte la noche del 31 de marzo de 1965. Una zona de aproximadamente un millón de kilómetros cuadrados, correspondiente a Estados Unidos y Canadá, fue iluminada por la caída de un cuerpo que hizo explosión sobre las ciudades de Revelstoke y Golden, 400 kilómetros al sur de Edmonton (Alberta, Canadá). Los habitantes de aquellas ciudades hablaron de un “rugido atronador” que sacudió y rompió las ventanas. La energía liberada fue equivalente a varios kilotones de TNT.

Los científicos determinaron el punto de impacto del meteorito y se pusieron en camino para encontrar un cráter, tal como había hecho Leonid Kulik en Siberia medio siglo antes. Como él, tampoco lograron encontrarlo. Sólo cuando los investigadores se dirigieron a la zona a pie, pudieron ver que la nieve estaba cubierta por un extrańo polvo negro a lo largo de varios kilómetros. Se recogieron algunas muestras de este polvo y, tras un análisis, se comprobó que su composición era la misma que la de un tipo particularmente frágil de meteorito conocido como condrito carbonáceo. El objeto de Revelstoke hizo explosión, fragmentándose, a mitad de camino entre la atmósfera superior y la Tierra, originando una lluvia de miles de toneladas de polvo negro desmenuzado sobre la nieve. Significativamente, también los testigos de la explosión de Tunguska describieron una “lluvia negra” semejante.

Recuperación lenta
El crecimiento de nuevos árboles en el área no ha borrado todavía las cicatrices de la explosión de 1908.

Las pruebas decisivas para asegurar que el objeto que hizo explosión en Tunguska era de naturaleza meteorítica las facilitan los resultados de las últimas expediciones soviéticas al lugar, comunicados en 1977. Las partículas microscópicas de piedra halladas en las capas dejadas por la explosión de 1908 tienen la misma composición que las partículas cósmicas recogidas por los cohetes en la atmósfera superior. Se calcula que miles de toneladas de este material se encuentran dispersas alrededor de la zona del impacto. Junto a estas partículas de roca espacial figuran partículas melladas de hierro meteórico. Los investigadores soviéticos concluyeron que el objeto de Tunguska era un cometa compuesto por condrito carbonáceo. Esto no resulta sorprendente, pues los astrónomos han estado descubriendo que una composición de condrito carbonáceo es característica de los escombros interplanetarios.

Pero, żsi realmente fue un cometa, por qué no se lo divisó en el cielo antes del impacto? La primera razón es que se mantuvo constantemente cerca del Sol, perdiéndose en su resplandor; en un segundo lugar, era demasiado pequeńo y no brillaba suficientemente como para ser visto, aun contra un cielo oscuro. Los científicos creen actualmente que se trataba de un fragmento del cometa Encke, separado del mismo hace miles de ańos. El Encke, cometa antiguo y poco perceptible, recorre la órbita más corta alrededor del Sol que se conozca. Un astrónomo checo, Lubor Kresak, seńaló en 1976 que la órbita del objeto de Tunguska, deducida de su dirección y del ángulo en que hizo impacto con la Tierra, es bastante similar a la del cometa Encke. El doctor Kresak calcula que el cuerpo tenía un diámetro de apenas 100 metros en el espacio, y una masa de hasta un millón de toneladas. El polvo originado por su desintegración en la atmósfera fue la causa del resplandor observado en el hemisferio norte por las noches, en la época que siguió a la explosión de Tunguska.

Un acontecimiento como el de Tunguska puede repetirse. Los astrónomos han descubierto cantidad de pequeńos asteroides cuyas órbitas atraviesan la trayectoria de la Tierra. Por ejemplo, en 1976, sólo por cuestión de horas no se produjo una nueva colisión, al pasar un asteroide previamente desconocido a una distancia de 1.200.000 kilómetros de la Tierra. Según los cálculos de los astrónomos, un objeto del tamańo del de Tunguska se estrella contra la Tierra con una frecuencia de una vez cada dos mil ańos. Por lo tanto, es sólo cuestión de tiempo: se volverá a producir un nuevo choque, y la próxima vez puede que ocasione perjuicios muy grandes.

Siberia en Llamas

En la mańana del 30 de junio de 1908, el granjero S. B. Semenov estaba sentado en el porche de la aislada factoría de Vanavara, a 750 kilómetros al noroeste del lago Baikal, en Siberia. Eran solamente las 7:15 de la mańana, pero el día estaba ya muy avanzado, pues en esas latitudes septentrionales el sol, en pleno verano, se levanta pronto. El vecino de Semenov, P. P. Kosalopov, estaba arrancando clavos del marco de una ventana, con unas tenazas. Ninguno de los dos hombres podía sospechar el drama que iban a contemplar.

De pronto, Semenov se sobresaltó al ver, hacia el noroeste, una brillante bola de fuego que “cubría una parte enorme del cielo”. Semenov se estremeció de dolor, pues tuvo la impresión de que el calor de la bola ígnea quemaba su camisa. En la puerta contigua, Kosalopov dejó caer las tenazas y se llevó las manos a los oídos, ya que tuvo la sensación de que sus orejas ardían. Miró primero hacia su tejado, pensando que se había declarado un incendio, y después se dirigió a Semenov.

-żHas visto eso? -preguntó.

-żCómo iba a dejar de verlo? -replicó el asustado Semenov, al que todavía le escocían sus quemaduras.

Leonid kulik
Leonid Kulik, dirigió una expedición al lugar en busca del supuesto meteorito que nunca encontró.

Unos segundos más tarde, la bola de fuego, de un cegador color azul y arrastrando tras de si una columna de polvo, explotó a 65 kilómetros de Vanavara, con tal fuerza que Semenov fue derribado y permaneció unos segundos inconsciente. Al volver en si, notó en el suelo unos temblores que estremecían toda la casa y que acabaron por romper la puerta del establo y astillar las ventanas. En la casa de Kosalopov cayó tierra del techo, y una puerta derribó la estufa. Se oía una especie de truenos.

La gran bola de fuego siberiana de 1908 fue un acontecimiento tan excepcional que suscitó una controversia que todavía prosigue. Las explicaciones al respecto entran en el reino de lo extrańo, incluida la notable hipótesis según la cual el fenómeno fue causado nada menos que por un aterrizaje de emergencia de una nave espacial movida por energía nuclear, tal vez de origen extraterrestre.

La zona en la que cayó el objeto, en el valle del río Tunguska Pedregoso, estaba escasamente poblada por los tunguses, pueblo nómada de origen mongol dedicado al pastoreo de renos. Cerca del centro de la explosión, al norte de Vanavara, varios tunguses fueron lanzados al aire por la explosión, y sus tiendas fueron arrebatadas por un viento violentísimo. A su alrededor, el bosque empezó a arder.

Cuando los asombrados tunguses inspeccionaron cautelosamente el lugar de la explosión, encontraron escenas de terrible devastación. En un circulo de 30 kilómetros, los árboles habían sido derribados como cerillas de madera y el calor intenso producido por la explosión había fundido objetos metálicos, destruido almacenes y reducido varios renos a cenizas. No quedaba en aquella zona ningún animal vivo, pero, milagrosamente, ningún ser humano murió a consecuencias del desastre. Se dijo también que había caído en aquellos lugares una misteriosa “lluvia negra”.

Los efectos de la explosión de Tunguska fueron vistos y sentidos en un radio de más de mil kilómetros. Informes procedentes del distrito de Kansk, a 600 kilómetros del punto en que se produjo el estallido, describieron sucesos tales como barqueros precipitados al agua y caballos derribados por la onda expansiva, mientras las casas temblaban y los objetos de loza se rompían en sus estantes. El conductor del Transiberiano detuvo su tren temiendo un descarrilamiento, al notar que vibraban los vagones y los rieles.

Otros efectos fueron percibidos en lugares muy distantes del globo, pero su causa permaneció ignorada durante largo tiempo, ya que la noticia de la bola de fuego y de su explosión no llegó a oídos del gran público hasta pasados varios ańos. En toda Europa se registraron ondas sísmicas parecidas a las de un terremoto, así como diversos trastornos en el campo magnético terrestre. Más tarde, los meteorólogos hallaron en los registros de sus microbarógrafos que las ondas atmosféricas producidas por la detonación habían dado dos veces la vuelta a la Tierra.

Efectos de la onda expansiva
Secuelas de la explosión del 30 de junio de 1908 en Tunguska, Siberia.

Ecos de la lejana Siberia
En gran parte de Europa y Asia occidental la noche quedó extrańamente iluminada después de la caída de la bola. Informes procedentes de estos lugares hablan de noches cien veces más luminosas de lo normal, y de unas tonalidades carmesíes en el cielo, semejantes al resplandor de un incendio, hacia el norte. Estas extrańas luces no titilaban ni formaban arcos, como ocurre con las auroras boreales; eran semejantes a las que se produjeron tras la explosión del volcán Krakatoa, que inyectó inmensas nubes de polvo en la atmósfera. Cuando tuvo lugar el fenómeno de Tunguska, en Rusia se iniciaba un periodo de grandes inquietudes políticas, y la prensa nacional no dio ningún relieve a lo que se consideró como un hecho sin importancia en un lugar remoto del imperio. A pesar de la naturaleza excepcional del suceso de Tunguska, las noticias sobre el mismo permanecieron enterradas en las redacciones de los diarios locales siberianos hasta 13 ańos después, cuando recibió noticias de lo sucedido el minerólogo soviético Leonid Kulik.

Kulik sentía especial interés por los meteoritos debido en especial a la rica fuente de hierro que podían representar éstos para la industria. Llegó a convencerse de que el objeto que había caído el 30 de junio de 1908 en el valle del río Tunguska era un meteorito todavía más grande que el que formó el enorme cráter de Barringer en Arizona, hace unos 25.000 ańos. Después de varios ańos de planificación, Kulik partió en 1927 con una expedición hacia el punto del impacto de Tunguska. Desde la estación ferroviaria de Taishet, Kulik y su equipo atravesaron 600 kilómetros de taiga helada sobre trineos tirados por caballos, hasta llegar a Vanavara. Una vez allí escucharon las extraordinarias historias de los habitantes, con lo que Kulik acabó de convencerse de que seguía la pista de un meteorito gigantesco.

Una nevada repentina detuvo la expedición durante más de una semana. El 8 de abril, Kulik, un colega suyo y un guía local partieron a caballo para realizar la última etapa del viaje. Avanzaron hacia el norte a través de escenas de creciente devastación, pues abedules y pinos yacían en el suelo, desarraigados por la fuerza de la onda expansiva que los había abatido 19 ańos antes. Muchos de estos árboles habían quedado chamuscados e incluso abrasados debido al intensísimo calor.

Después de contemplar la zona de la explosión desde un risco, Kulik escribió: Desde nuestro punto de observación no se ven seńales de bosque, ya que todo ha sido devastado e incendiado, y alrededor del borde de esta zona muerta la joven vegetación forestal de los últimos veinte ańos ha avanzado impetuosamente, en busca de luz solar y de vida. Se experimenta una extrańa sensación al contemplar estos árboles gigantescos, de 50 a 75 centímetros de diámetro, quebrados como si fuesen ramitas, y sus copas proyectadas a muchos metros de distancia en dirección sur.

Afectados por radiación
Miembros de la tribu tugús, que fueron directamente afectados por la explosión.

La visita del dios del fuego
Kulik quiso recorrer los pocos kilómetros que todavía le separaban del foco del estallido, pero los guías tunguses eran supersticiosos, ya que sus leyendas decían que el lugar había sido visitado por el dios del fuego, y se negaron a seguir adelante. Kulik tuvo que regresar a Vanavara para reclutar nuevos guías, y pasó otro mes antes de que llegara de nuevo a la zona devastada y finalmente alcanzara el centro de la explosión., para descubrir el gran enigma de Tunguska.

No había seńal alguna del cráter gigantesco que él había esperado ver allí. En cambio, encontró un pantano helado y una curiosa formación de árboles, que, a pesar de hallarse en el centro de la explosión, habían escapado a los efectos de aquel desastre monstruoso que había arrasado todo cuanto les rodeaba. Cualquiera que fuese el objeto causante de la explosión, no había llegado a tocar el suelo. Aunque en ańos sucesivos regresó al lugar con expediciones más numerosas, Kulik nunca pudo encontrar ningún fragmento de hierro meteórico.

Por tanto, si la explosión de Tunguska no fue causada por el impacto de un meteorito de hierro, żcuál fue su causa? en 1930, el meteorólogo Francis J. W. Whipple, subdirector del Servicio Meteorológico británico, sugirió que el fenómeno había sido causado por el choque de la Tierra con un pequeńo cometa, hipótesis que apoyó el astrónomo soviético A. S. Astapovich.

La visión popular de un cometa consiste en una gigantesca y brillante bola de polvo y gas que arrastra una cola de millones de kilómetros, tal como apareció el espectacular cometa Halley en 1910, sin embargo, los cometas brillantes son la excepción más que la regla. Cada ańo, los astrónomos localizan más de una docena de cometas, pero muy pocos, por no decir ninguno, son detectables a simple vista. En su mayoría, los cometas son más pequeńos y de una luminosidad mucho más débil de lo que los representan los libros de astronomía; algunos de ellos, en particular los que son muy viejos, pueden incluso carecer de cola.

Según la teoría más popular, un cometa se asemeja a una especie de bola de nieve formada por gas y polvo helados. Los cometas antiguos pierden el gas hasta convertirse simplemente en unas “bolsas” de rocas de baja densidad. Semejante objeto bien puede convertirse en una bola ardiente a causa de la fricción que experimenta al penetrar a gran velocidad en la atmósfera terrestre, hasta disgregarse mediante una explosión cuando la fuerza de esta acción de frenado supera su propia cohesión. La explosión en pleno aire de este objeto explicaría la ausencia de cráter y de fragmentos meteóricos en Tunguska. Sin embargo, los críticos de la teoría del cometa argumentan que, antes de la explosión de Tunguska, nadie había detectado cometa alguno en el firmamento.

Se han ofrecido numerosas explicaciones alternativas, incluida la curiosa sugerencia de que lo ocurrido en Siberia fue el impacto de un pequeńo “agujero negro”. De acuerdo con la teoría astronómica, los miniagujeros negros, con la masa de un asteroide comprimida hasta alcanzar el tamańo de una partícula atómica, pudieron haberse formado en el torbellino que siguió a la gigantesca explosión que, de acuerdo con la hipótesis del Big Bang, se produjo como origen del Universo. Según A. A. Jackson y Michael Ryan, físicos de la Universidad de Texas, el paso de un miniagujero negro a través de la Tierra habría producido todos los efectos observados en el fenómeno de Tunguska… con la excepción de que el agujero negro habría atravesado toda la Tierra y salido por el Atlántico Norte, con unos efectos espectaculares muy semejantes al partir. Desgraciadamente para esta teoría, no hubo tales efectos.

żNave espacial marciana?
Entre todas las teorías que han pretendido explicar la explosión de Tunguska, la más discutida fue la planteada en 1946 por Alexander Kazantsev, escritor soviético de ciencia-ficción. Disfrazando su teoría en forma de cuento, Kazantsev sugirió que la explosión sobre Siberia había sido causada por el incendio de una astronave movida por energía nuclear, tal vez procedente de Marte. Kasantsev especulaba que los extraterrestres habían venido para aprovisionarse de agua en el lago Baikal, que es el mayor volumen de agua dulce existente en el planeta. Al descender su nave a través de la atmósfera, la fricción la calentó hasta hacer estallar sus motores, produciéndose en el aire una explosión como la de la bomba de Hiroshima.

Los ufólogos soviéticos Felix Zigel y Alexei Zolotov han apoyado esta idea de la explosión de una astronave nuclear. Zigel llegó incluso a proponer la idea de que la nave realizó una maniobra en zigzag al intentar desesperada mente un aterrizaje, aunque en realidad ninguno de los testigos manifestó haber visto cambios de rumbo en la bola de fuego.

Otro escritor de ciencia-ficción, John Baxter, en su libro Thefire carne by, publicado en 1976, siguió la teoría de Kazantsev al comparar los efectos de la explosión de Tunguska con los de la bomba de Hiroshima: el fogonazo cegador y el intenso calor, la corriente ascendente de aire caliente que originó una columna “ardiente”, y el característico grupo de árboles que permanecieron de pie en el centro de las devastaciones de Tunguska, tal como había ocurrido en el punto de explosión de la bomba de Hiroshima.

Hubo incluso rumores de radiaciones mortíferas en el lugar. Uno de los personajes del cuento de Alexander Kazantsev habla de un hombre que, poco después de examinar la zona devastada de Tunguska, murió entre terribles dolores, como si lo consumiera un fuego invisible. “Sólo podía tratarse de radiactividad”, explica el personaje de la obra. En realidad, no existe ningún informe según el cual alguien muriese a consecuencia de la explosión de Tunguska, pero los tunguses explicaron que los renos de aquella zona presentaron costras en su piel, cosa que ciertos escritores modernos, como Baxter, han atribuido a quemaduras causadas por radiación.

Las expediciones al lugar del fenómeno observaron un crecimiento acelerado de la vegetación alrededor del punto de la explosión, atribuido también por algunos a unos trastornos genéticos ocasionados por las radiaciones.

Jugadas del destino

Sólo cuando su tren entró en la estación de Louisville, George D. Bryson decidió interrumpir su viaje a Nueva York para visitar aquella histórica ciudad de Kentucky. Nunca había estado allí y tuvo que preguntar dónde se encontraba el mejor hotel. Nadie sabía que estaba en Louisville y, en broma, preguntó al recepcionista del Hotel Brown: “żHay cartas para mí?”. Quedó atónito cuando el recepcionista le entregó una carta dirigida a él que llevaba el número de su habitación. El anterior ocupante de la habitación 307 había sido otro George D. Bryson, que no tenía nada que ver con él.

Una coincidencia notable, por cierto, que cobra mayor interés porque quien la cuenta con más frecuencia es el doctor Warren Weaver, el matemático y experto en probabilidades norteamericano que cree que las coincidencias están regidas por las leyes del azar y rechaza cualquier sugerencia de elementos misteriosos o paranormales.

Tragedia y suerte
Mucha gente cuando vió el número de este vagón accidentado lo jugaron a a la lotería y ganaron todos.

En el punto de vista opuesto se sitúan quienes creen en las teorías de la “serialidad” o “sincronicidad” del doctor Paul Kammerer, Wolfgang Pauli y Carl Gustav Jung. Aunque los tres se acercaron a la teoría de las coincidencias desde perspectivas diferentes, sus conclusiones sugerían la existencia de una fuerza misteriosa y apenas comprensible en el Universo, una fuerza que intenta imponer su propio orden en el caos de nuestro mundo. La moderna investigación científica, sobre todo en los campos de la biología y la física, también parece acusar una tendencia de la naturaleza a ordenar el caos. Pero los escépticos no se dejan convencer. Cuando las cosas suceden al azar, argumentan, tienen que producirse las agrupaciones que llamamos coincidencias. Hasta es posible predecir esas agrupaciones o “apińamientos” o, por lo menos, predecir la frecuencia con que sucederán.

Si usted tira muchas veces una moneda, las leyes de la probabilidad dictaminan que, al final, habrá obtenido un número casi igual de caras y cruces. Pero cara y cruz no se alterarán. Habrá series de cara y series de cruz. El doctor Weaver calcula que si alguien tira una moneda 1024 veces, por ejemplo, es probable que haya una serie de ocho caras seguidas, dos de siete, cuatro de seis y ocho de cinco.

Lo mismo sucede con la ruleta. Una vez salieron los pares 28 veces seguidas en el casino de Montecarlo. Las posibilidades de que esto ocurra es de una entre 268 millones. Pero los expertos afirman que como podía suceder, sucedió y volverá a suceder en algún lugar del mundo si suficientes ruletas siguen girando durante el tiempo necesario.

Tragedia y suerte
Toma aérea del accidente ferroviario en el que murieron 30 personas, irónicamente este accidente hizo ganar mucho dinero a varios neoyorkinos.

Los matemáticos usan esa ley para explicar, por ejemplo, la fantástica serie de aciertos que valieron a Charles Wells el titulo, que también lo fue de una canción, de El hombre que hizo saltar la banca en Montecarlo. Wells -un inglés gordo y ligeramente siniestro- se transformó en tema de esa canción en 1891, cuando hizo saltar tres veces la banca del casino de Montecarlo. Aparentemente, no usaba ningún sistema: apostaba cantidades iguales a rojo o negro, ganando casi todas las veces, hasta que, finalmente, sobrepasó la banca de 100.000 francos asignada a cada mesa. En cada ocasión los empleados cubrieron la mesa con un lúgubre pańo negro de “luto” y la cerraron por el resto del día. La tercera y última vez que Wells apareció en el casino, colocó su primera apuesta en el cinco: las posibilidades de que saliera eran de una entre 35. Ganó. Dejó la apuesta original y le ańadió sus ganancias. El cinco salió de nuevo y volvió a salir cinco veces más. Apareció el pańo negro. Wells se marchó con sus ganancias y nunca más fue visto en el casino.

Los teóricos de la serialidad y la sincronicidad, y quienes han continuado los trabajos de Kammerer, Pauli y Jung, aceptan la idea de que hay “racimos” de números, pero consideran que la “suerte” y la “coincidencia” son dos caras de la misma moneda. Los conceptos clásicos paranormales de PES, telepatía y precognición -elementos recurrentes en las coincidencias-, podrían ofrecer una explicación alternativa de las razones por las que unas personas tienen más “suerte” que otras.

La investigación moderna separa las coincidencias en dos grupos diferentes: triviales (como echar a cara o cruz, series de números y manos sorprendentes de naipes) y significativas. Estas últimas son las que mezclan personas, acontecimientos, espacio y tiempo -pasado, presente y futuro- de una manera que parece cruzar la delicada frontera que separa lo normal de lo paranormal.

Destinos similares
Destinos similares tuvieron el Titanian (Arriba) y el Titanic, ambos chocaron contra un iceberg en las mismas aguas pero el Titanian sobrevivió.

Significativo y macabro
A veces ocurren coincidencias que parecen vincular, casi caprichosamente, las teorías rivales. Cuando un tren de cercanías de Nueva York se precipitó en la bahía de Newark y murieron muchos pasajeros, se iniciaron los trabajos de rescate de los vagones sumergidos. Una foto que apareció en la primera página de un periódico mostraba el último vagón en el momento de ser extraído, con el número 932 claramente visible a un lado. Ese día, el número 932salió en el sorteo de la lotería de Manhattan, proporcionando cientos de miles de dólares de ganancia a las muchas personas que, presintiendo un significado oculto en el número, habían apostado por él.

Los investigadores modernos dividen las coincidencias significativas en varias categorías. Una es la coincidencia de advertencia, que implica un presentimiento de peligro o desastre. Tales coincidencias suelen tener largo alcance; por eso a menudo son ignoradas o pasan inadvertidas.

Ése fue, ciertamente, el caso de tres barcos, el Titan, el Titanic y el Titanian. En 1898, el escritor norteamericano Morgan Robertson publicó una novela acerca de un gigantesco trasatlántico, el Titan, que se hundía una fría noche de abril en el Atlántico, después de chocar con un iceberg en su primer viaje. Catorce ańos después, en uno de los peores desastres marítimos de la historia, el Titanic se hundió en una fría noche de abril en el Atlántico, después de chocar con un iceberg en su primer viaje. Las coincidencias no terminaron allí. Los dos barcos, el real y el de ficción, tenían aproximadamente el mismo tonelaje y ambos desastres ocurrieron en el mismo sector del océano. Uno y otro eran considerados “insumergibles” y ninguno llevaba suficiente cantidad de botes salvavidas.

Charles Coghland
Charles Coghland, cuyo cadáver fue casualmente a parar a las costas de su pueblo natal.

Coincidencia y premonición
Si se agrega la extraordinaria historia del Titanian, las coincidencias Titan-Titanic comienzan a desafiar la credulidad humana. El tripulante William Reeves, que estaba de guardia una noche de abril de 1935, durante un viaje del Titanian entre el Tyne y Canadá, tuvo un presentimiento. Cuando el Titanian llegó al lugar donde se habían hundido los otros dos barcos, la sensación era insoportable. Pero żpodía Reeves detener el barco sólo por un presentimiento? Otro factor -una coincidencia más- lo decidió: había nacido el día del desastre del Titanic. “ĄPeligro avante!”, gritó al puente. Las palabras apenas habían salido de su boca cuando un iceberg apareció en la oscuridad. El barco lo evitó por muy poco.

Otra categoría la constituyen las coincidencias que sugieren el comentario “el mundo es un pańuelo”, y que reúnen a personas y lugares de forma inesperada. Todos hemos sido testigos, o incluso protagonistas, de alguno de estos hechos increíbles. Si las coincidencias pueden jugar con el espacio y el tiempo en su búsqueda de “orden en el caos”, no es sorprendente que vayan más allá de la tumba.

Mientras actuaba en una gira por Texas, en 1899, el actor canadiense Charles Francis Coghlan enfermó en Galveston y murió. Estaba demasiado lejos -5600 km por mar- para enviar sus restos a su pueblo de la isla Prince Edward, en el golfo de San Lorenzo. Fue enterrado en un ataúd de plomo, en una tumba excavada en granito. Sus huesos habían descansado menos de un ańo cuando el gran huracán de septiembre de 1900 azotó la isla de Galveston, inundando el cementerio. La tumba sufrió graves dańos y el ataúd de Coghlan flotó hasta el golfo de México. Lentamente, derivó por la costa de Florida hacia el Atlántico, donde la corriente del Golfo lo arrastró hacia el Norte.
Pasaron ocho ańos. Un día de octubre de 1908, unos pescadores de la isla Prince Edward vieron un cajón alargado y estropeado por la intemperie flotar cerca de la costa. El cuerpo de Coghlan había vuelto a casa. Con respeto y temor, sus paisanos isleńos enterraron al actor en la iglesia más próxima, donde había sido bautizado.

żCasualidad? żDestino? żUna simple jugarreta del azar? żO esa extrańa y poderosa fuerza que algunos llaman coincidencia, que intenta hacer más sensato el Universo?

Tecnologia de los dioses

La hazańa técnica que hizo posible la construcción de las estructuras megalíticas europeas resulta admirable; tanto, que se ha querido atribuir repetidamente un origen sobrenatural a esta actividad de nuestros antecesores históricos. Sin embargo, es difícil responder a las cuestiones que suscita el megalitismo; por ejemplo, a la pregunta de René Noorbergen: “żSerá posible que la ciencia antediluviana (o lo que sobrevivía de ella en tiempos de Stonehenge) incluyera un método para vencer la ley de la gravedad?”

Indudablemente, el intento de reconstruir los métodos que usaban los constructores del pasado conlleva muchos riesgos. Existe el peligro de entusiasmarse con una técnica sin hacer verificaciones experimentales rigurosas, o de sacar conclusiones a partir de experimentos en pequeńa escala. El explorador noruego Ihor Heyerdahl incurrió en parte en este error cuando intentó reproducir las hazańas de los constructores de estatuas de la isla de Pascua.

En 1956 se quiso demostrar que las estatuas de la isla de Pascua, fueron hechas sin problemas por sus antiguos habitantes, pero ademas de romper la estatua usada, no se dieron cuenta que usaron cuerdas modernas para levantarla.

La isla de Pascua es un punto remoto en el océano Pacífico, la más oriental de las islas de Polinesia. La isla está cubierta de sus famosas y originales estatuas, con cabezas gigantescas y sin piernas. Se conocen unas 1.000, por lo menos. De ellas, algunas yacen aún en las canteras, de donde no fueron retiradas; otras están estropeadas y mutiladas; pero la mayoría se yerguen sobre la isla rocosa y estéril. Miden entre 4 y 5 metros, y muchas de ellas pesan 20 toneladas. żCómo fueron trasladados estos monstruos pétreos hasta sus actuales emplazamientos?

Heyerdahl se había especializado en demostrar lo “indemostrable”: él fue quien, con la expedición de la Kon-Tiki, realizó una travesía del Pacífico desde Perú a Polinesia con medios tecnológicos muy primitivos, y aclaró el posible parentesco entre el arte incaico y el polinesio. Posteriormente (en 1956), en el transcurso de sus trabajos en la isla de Pascua, intentó responder a esta otra pregunta. Organizó a una docena de habitantes de la isla para que trasladaran una estatua y la levantaran. Tardaron 18 días, pero al final lo lograron.

żDioses que andaban?
Esta hazańa fue justamente criticada, y se la considera una contribución poco relevante para resolver el enigma de la isla de Pascua. La cabeza que se trasladó era una de las más pequeńas (pesaba menos de 15 toneladas). Fue desplazada sólo unos 100 m. por un terreno liso y arenoso, y con la ayuda de sogas modernas. Esto tiene poco que ver con el viaje de 6,5 km que hizo la mayor de las estatuas de la isla, un gigante de 80 toneladas. Las estatuas tampoco sufrían dańos cuando eran levantadas, mientras que el grupo de Heyerdahl estropeó la cabeza de la estatua que transportó.

Pero ni las teorías de los sabios cómodamente sentados en sus poltronas, ni los penosos experimentos llevados a cabo in situ por Heyerdahl y otros, logran desvanecer las dudas que emanan del impresionante paisaje de la isla de Pascua, ni la idea de que esos antiguos dioses (si eso es lo que eran) “anduvieron” hasta sus emplazamientos definitivos por medios que no logramos comprender, y allí quedaron petrificados.

Y hace falta aguzar aún más el ingenio para descubrir la forma en que fueron construidas las ciudades y fortalezas de los Andes. Tiahuanaco se halla a 4.000 m sobre el nivel del mar, una altitud que los visitantes sienten en sus pulmones si no han nacido en aquellas alturas. La ciudad, situada en el territorio actual de Bolivia, no está lejos del lago Titicaca. Nadie sabe con exactitud cuándo fue construida: quizá entre los ańos 200 y 600 de nuestra era; quizá antes; quizá después. Sus templos son macizos e impresionantes. Los bloques que los componen son enormes (algunos pesan 100 toneladas). Se han encontrado las canteras de donde provienen, y están a distancias que oscilan entre los 100 y los 200 km.

żEsclavos y hombres libres?
No existe ninguna representación gráfica de los trabajos de construcción de Tiahuanaco. Parte de las piedras, por lo menos, fueron traídas a través del lago, durante la estación en que sus aguas crecen. Pero otras tienen que haber venido por tierra; quizá se construyeron rampas lubricadas con arcilla húmeda para hacer subir las piedras por las cuestas. La ciencia convencional sostiene que si éste no fue el sistema empleado, tuvo que ser otro parecido. Sabemos tan poco de la sociedad que construyó Tiahuanaco, que es posible suponer que grandes cantidades de esclavos u hombres libres pudieron haber tirado de los bloques.

Pero tampoco podemos criticar a la ligera a los teóricos menos convencionales cuando éstos descartan estas conjeturas y en cambio recuerdan las leyendas que los incas contaron a los espańoles en el siglo XVI. Esas leyendas afirmaban que Tiahuanaco fue construida por seres barbados de piel blanca, dirigidos por el dios Tiki Viracocha. Thor Heyerdahl bautizó Kon-Tiki a su balsa porque creía que ese mismo pueblo se había hecho a la mar en dirección al oeste, para fundar la sociedad constructora de estatuas de la isla de Pascua. Así quedan vinculadas las habilidades casi mágicas de los pobladores de Pascua con la supertecnología de la que parecen dar fe las ruinas de Tiahuanaco.

Heyerdahl sostiene que los primeros colonizadores usaban balsas, y no cree en la posibilidad de una intervención extragaláctica. Erich von Daniken, en cambio, afirma que los seres de cuatro dedos que aparecen grabados en algunas piedras de Tiahuanaco son retratos de antepasados de cuatro dedos que llegaron desde el espacio. Para terminar con estas especulaciones, seria necesario que algún arqueólogo demostrara que las explicaciones convencionales son factibles organizando el transporte de un bloque de 100 toneladas por un terreno irregular (bosques y ríos incluidos) en una distancia de 160 km.

La única de las siete maravillas del mundo antiguo que sigue en pie, la gran pirámide de Gizeh, a unos kilómetros al sudoeste de El Cairo, ha sido objeto de especulaciones durante siglos. Fue construida en el siglo XXVI a.C. para el faraón Keops. Mide 137 m de altitud sobre el suelo de roca nivelada, y su base cubre un área de 5,2 ha. Se calcula que la pirámide está compuesta por 2.500.000 bloques de piedra arenisca, que pesan unos 6,5 millones de toneladas. Cuando estaba recién construida, la tumba real resplandecía de blancura, ya que estaba forrada de piedra caliza alisada; este recubrimiento fue objeto de pillaje hace mucho tiempo.

żCómo se levantó esa estructura? Escritores como René Noorbergen y Erich von Daniken afirman que 2 millones y medio de bloques, con un peso promedio de 2,5 toneladas, no pudieron ser transportados y manipulados por 100.000 hombres (cifra que proporciona el historiador griego Herodoto) durante los 22 ańos que duró el reinado de Keops. Siguiendo con las estadísticas, Noorbergen llega a la conclusión de que estamos hablando de un proyecto que requirió por lo menos un millón de personas, es decir, un tercio a la mitad de la población estimada de todo Egipto alrededor del ańo 2700 a.C.

Noorbergen también habla mucho de la cantidad de madera necesaria para construir las barcazas que traían los bloques por el Nilo desde lugares tan lejanos como Asuán (960 km), y para los deslizadores o rodillos con los que eran colocados en su posición. Asegura que “los matemáticos nos dicen que se hubiesen necesitado 26 millones de árboles para fabricar la cantidad necesaria de balsas y rodillos.”

Sin embargo, no hay que perder de vista el hecho de que la mayor parte del núcleo de piedra arenisca de la gran pirámide fue extraído de canteras locales, de modo que no fue necesario traerlo desde tan lejos.

Aunque sumamente interesantes, los argumentos de Noorbergen no confirman en absoluto que las pirámides fueran anteriores al diluvio, ni que fueran construidas con una supertecnología actualmente perdida. De hecho, el desarrollo de las técnicas de construcción egipcias puede ser seguido a lo largo de los siglos.

Las hazańas de los antiguos maestros de obras pueden hacernos pensar que disponían de fuerzas enormes, de las que no sabemos nada: los talentos característicos de la raza humana (fuerza de voluntad, inteligencia, destreza y experiencia) no bastan para justificar ciertos hechos, como la existencia de baterías eléctricas de 1.500 ańos de antigüedad, o el hallazgo de artefactos de metal en lo más profundo de rocas antiguas. No hay duda que la tecnología antigua permanece en gran parte inexplicada.

Inventos de Otros Tiempos

En un museo de El Cairo se exhibía un pequeńo modelo de madera. Nadie tenía dudas acerca de lo que representaba: una simple ojeada bastaba para distinguir las alas, el plano de deriva, la cola y el sólido y voluminoso cuerpo de algún tipo de avión. El cuerpo de este modelo tenía una longitud de algo menos de 15 centímetros y su envergadura era algo mayor de 18 centímetros. Había sido construido con una madera de sicómoro, muy ligera, y cuando uno lo disparaba al aire con la mano, volaba una corta distancia.

Planeador egipcio
Planos del supuesto planeador egipcio que data del año 200 ac.

El ver un modelo como éste en un museo de ciencia no hubiera sido una sorpresa. Sin embargo este modelo ocupaba un lugar privilegiado en el Museo de Antigüedades de El Cairo, y estaba fechado alrededor del ańo 200 a.C.

Esta pieza antigua constituye un desafío notorio a nuestras ideas acerca del desarrollo de la tecnología. Y es tan sólo uno de los innumerables enigmas que replantean la discusión acerca de los conocimientos científicos y de ingeniería de nuestros antepasados.

Cuando en 1898 -cinco ańos antes de que los hermanos Wright llevaron a cabo con éxito su primer vuelo a motor- se encontró este modelo en una tumba de la antigua ciudad egipcia de Saqqara, nadie lo relacionó con la idea del vuelo artificial. Fue almacenado en una caja que contenía figuras de pájaros. En 1969 lo redescubrió el doctor Kahlil Messiha, y quedó asombrado, dada su evidente semejanza con un avión moderno.

Un comité de expertos arqueólogos e ingenieros aeronáuticos estudiaron el modelo. Destacaron el arco de sus alas -la curvatura de la superficie superior que ayuda al avión a elevarse- y la inclinación hacia abajo de los extremos de las mismas, que proporciona estabilidad. Llegaron a la conclusión de que la pieza era un modelo a escala de un avión de tamańo normal. Debía tratarse de un “planeador motorizado” diseńado para transportar pesadas cargas a poca velocidad, probablemente a menos de 95 km/h. Podría haber sido impulsado por un motor montado en la parte trasera, en el lugar donde ahora la cola del avión aparece rota.

Aviones prehistóricos
Objetos originales de Sudamérica, entre los siglos V y VIII. Ambos tienen una gran similitud con aviones actuales.

El comité estaba tan convencido de la importancia de su hallazgo, que lo colocaron en lugar destacado en el museo de El Cairo. En otras tumbas se encontraron más de una docena de “planeadores” similares. żPodía tratarse verdaderamente de modelos de antiguos aviones?

El escepticismo que la mayoría de las personas expresan respecto a la idea de antiguos aeronautas -posiblemente tan chocante como la idea de antiguos astronautas- sufrió un duro golpe cuando se descubrió que también en América, es decir, en el otro lado del mundo conocido, se habían hallado modelos aéreos pertenecientes al primer milenio después de Cristo.

Los supuestos modelos de aviones que han salido a la luz son una serie de pequeńos objetos ornamentales de oro, encontrados en Colombia, Costa Rica, Venezuela y Perú. Un ejemplar fue descubierto en una colección de objetos de arte antiguos de Colombia por Iván T. Sanderson, jefe de la Sociedad para la Investigación de lo Inexplicado, en Estados Unidos. Se trataba de un colgante de 5 centímetros de longitud. Los arqueólogos colombianos lo habían clasificado de “zoomorfo”, es decir, con forma de animal. Sin embargo, se parece mucho más a un avión de caza a reacción con alas en forma de delta, que a cualquier tipo de animal o pájaro. Posee unos apéndices triangulares que se parecen muchísimo a las alas de varios tipos de modernos aviones supersónicos, una cola pequeńa y vertical, un plano de deriva, y a un lado de éste hay incluso lo que parece ser un emblema. No obstante, este objeto ornamental se atribuye a los sinu, un pueblo preincaico que floreció desde el siglo V hasta el siglo VIII d. C.

La batería de Bagdad
Una de las piezas de tecnología del pasado más impresionante es sin duda la batería de Bagdad, data del año 250 ac.

Estos objetos se parecen a los aviones a reacción; pero, żhasta qué punto nos sirve de guía esta constatación? El emblema del plano de deriva del modelo colombiano se parece a la letra B semítica. Algunos escritores han pasado de este simple hecho a la conclusión de que este modelo procedía del Oriente Medio.

Interpretaciones poco fundadas como esta última pueden llevar a algunas personas a recelar de todas las afirmaciones arriesgadas acerca de objetos antiguos. No obstante, es absolutamente necesario prestar atención a los descubrimientos de objetos que “funcionan” y cuya fecha nos parece imposible. El planeador de Saqqara constituye un ejemplo; igualmente impresionante es la “batería de Bagdad”.

La parte exterior de la batería consiste en una simple vasija de barro, de algo menos de 15 centímetros de altura. Está taponada con betún en el que se ha montado un cilindro de cobre que penetra en la vasija unos 10 centímetros. El cilindro consta de tiras de cobre soldadas, y está cubierto con una tapa de cobre. En el interior del cilindro se encuentra una varilla de hierro, que se ha corroído adrede tratándola con algún ácido. Esta vasija fue hallada en Bagdad, y por lo visto data de la época de la dominación de los partos en esta parte de Iraq, que duró desde 250 a.C. hasta 224 d.C.

Adornos galvanizados
Figura de oro antigua, que pudo ser galvanizada con energía eléctrica.

Electricidad antigua
Cuando en 1937 el arqueólogo Wilhelm Kónig descubrió casualmente esta pieza en un museo de Iraq, inmediatamente se dio cuenta de cómo podría utilizarse para generar voltaje eléctrico. Experimentos realizados algunos ańos después con réplicas modernas del aparato confirman que pudo ser utilizado con este fin. Para generar voltaje era necesario poner dentro del cilindro un líquido adecuado. Podría haberse utilizado una gran variedad de líquidos, incluyendo el ácido acético o ácido cítrico (los constitutivos básicos del vinagre y del zumo de limón, respectivamente) o una solución de sulfato de cobre. Esto habría generado un voltaje de 1 1/2 a 2 voltios entre el cilindro de cobre y la varilla de hierro. Uniendo una serie de elementos de este tipo (formando una “batería” en el sentido estricto de la palabra) se podría haber aumentado sustancialmente el voltaje.

Lo más probable es que los partos usaran la electricidad para la galvanoplastía. El arte de dorar figurillas databa ya de siglos antes de esta época. Puede que la batería se utilizara para producir voltaje entre la estatuilla de metal y un lingote de oro mientras se sumergía a ambos en un electrolito. El oro era transportado a través del liquido y se depositaba sobre la superficie de la figura en forma de fina capa.

El saber cómo generar una corriente eléctrica podría haber sido un descubrimiento aislado. Los antiguos conocían la electricidad estática: sabían que al frotar el ámbar (en griego, “elektron”) éste atraía objetos ligeros, como pelos o polvo. La técnica de generar corriente eléctrica -es decir, carga eléctrica en movimiento- podría haber sido un descubrimiento igualmente accidental y aislado. Parece que ninguno de los dos descubrimientos condujo a un mayor desarrollo técnico ni al estudio de las causas del fenómeno, a pesar de que algunos entusiastas afirman que los partos -y antes que ellos los egipcios- empleaban luz eléctrica.

Engranajes imposibles
Engranajes de mas de 2000 años, los cuales parece que eran parte de un reloj calendario y astrológico.

Sin embargo, en la tecnología del pasado existen suficientes anomalías, seriamente acreditadas, para que podamos estar seguros de que algunos de nuestros antepasados llegaron a niveles tecnológicos asombrosamente altos.

En el ańo 1900 unos buceadores encontraron los restos de un barco de al menos 2.000 ańos de antigüedad, cargado de tesoros y procedente de la isla griega de Anticitera. Contenía estatuas de bronce y mármol, y es posible que estuviera viajando hacia Roma cuando naufragó (alrededor del ańo 65 a.C.). entre su cargamento se encontró una masa de madera y bronce. El metal estaba tan corroído que tan sólo pudo verse con dificultad que se trataba de ruedas de engranaje y escalas grabadas. Pero en 1954 Derek J. De Solía Price, de la universidad de Cambridge, pudo finalmente deducir que se trataba de un antiguo mecanismo de cálculo análogo, mucho más adelantado que todo lo que hubo en Europa por espacio de varios siglos. En realidad, cuando estaba nuevo, el mecanismo “debió de parecerse mucho a un buen reloj mecánico moderno”.

Reloj
Recién en la época del renacimiento, se pudieron construir relojes con gran cantidad de engranajes, en comparación con los encontrados de 2000 años de antigüedad.

El mecanismo estaba compuesto de por lo menos 20 ruedas de engranaje, apoyadas en una serie de placas de bronce, todo ello montado dentro de una caja de madera. Cuando se daba vueltas a un mango que atravesaba el lado de la caja, las manecillas se movían a velocidades diferentes sobre esferas protegidas por unas puertecillas. Las inscripciones explicaban cómo manejar el aparato y cómo interpretar lo que marcaban las esferas.

El mecanismo indicaba el movimiento de los cuerpos celestes: el Sol, la Luna y los planetas que pueden verse sin ayuda de aparatos ópticos, como Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Seńalaba sus posiciones relativas en el cielo con gran exactitud. Las manecillas indicaban también la hora.

En palabras de Price, “en ningún lugar se ha conservado nada similar a este instrumento. De ningún texto científico o alusión literaria se conoce nada comparable a esto”. Continúa diciendo que “parece probable que la tradición de Anticitera formara parte de un amplio corpus de conocimientos que se perdió para nosotros, pero que conocieron los árabes”, ya que siglos más tarde éstos construyeron calendarios mecánicos e inspiraron a los constructores de relojes de la Europa medieval.

Sin embargo, cabe preguntarse: żes posible que este corpus de conocimientos contuviera algo más? żes posible que los antiguos dominaran unas fuerzas, benévolas o malévolas, que no han permanecido vivas en la memoria de sus descendientes?

Las piedras grabadas del Inca

Loscantos rodados hallados en Ocucaje (Perú) contienen mensajes de un pasado increíblemente remoto. żPor qué temen los arqueólogos aceptar su autenticidad?
 
Corría el mes de Mayo de 1966. Al consultorio del doctor Javier Cabrera, situado en la Plaza de Armas del pueblo de Ica, llegó su amigo Félix Llosa Romero, llevándole un regalo. Se trataba de una piedra ovalada, de color negruzco y aristas redondeadas; tenía grabada en una de sus caras la imagen de un extrańo pez y su peso era mayor del que, a primera vista, correspondía a su tamańo. “Quedará muy bien como pisapapeles en tu escritorio”, dijo Llosa, sin imaginar que su gesto amistoso sería el punto de partida de una larga investigación y de una polémica que iba a dividir a los estudiosos de la arqueología peruana.

 

No era ésta la primera piedra grabada que veía el doctor Cabrera. Treinta ańos antes, en la hacienda de su padre, una máquina que realizaba una perforación había extraído una piedra semejante de las profundidades de la tierra. Los obreros que realizaban el trabajo afirmaron que era una piedra inca; estaban habituados a desenterrar alfarería, metales y trozos de tela que daban testimonio de la orgullosa cultura que floreció en el Perú hasta la llegada de los espańoles. El doctor Cabrera había olvidado el incidente, pero el gesto de su amigo hizo revivir su interés por las extrańas piedras y le preguntó dónde la había obtenido. Llosa le dijo que su hermano poseía una gran colección, proveniente del caserío de Ocucaje, donde un “huaquero” (campesino que realiza excavaciones arqueológicas clandestinas) las extraía por docenas.

Esto despertó la curiosidad del doctor Cabrera quien, a lo largo de los ańos, ha reunido una colección de miles de piedras grabadas. Y, lo que es más, ha realizado una interpretación, tan original como subjetiva, del posible significado de los grabados. Esta interpretación ha sido recibida con gran escepticismo por la arqueología y la antropología convencionales, pero, de ser cierta, revolucionaría todas las ideas actuales acerca de la antigüedad del hombre en la Tierra y también de sus orígenes.

Descifrando las piedras

Grabado de un simio
Una figura semejante a un simio con una cola muy parecida a los conocidos dibujos de Nazca.

El doctor Cabrera descarta con firmeza la posibilidad de que las piedras hayan sido grabadas por los incas. En primer lugar porque -según afirma- las piedras son muy anteriores al período en que los incas vivieron en Perú y, además, porque las piedras dan fe de conocimientos tecnológicos que los incas nunca poseyeron. En su enorme colección, el doctor Cabrera ha clasificado las piedras en diversos grupos, según los símbolos que presentan. Hay series que tratan de temas técnicos, otras de temas médicos, geográficos, antropológicos, zoológicos, etc. Esto no es tan fácil de apreciar para un lego; el doctor Cabrera ha atribuido significados a los símbolos que aparecen con cierta frecuencia en las piedras, y afirma que una pirámide -por ejemplo- simboliza una fuente de energía, mientras una hoja es símbolo de la vida, y una figura humana con determinados atributos representa a un hombre “reflexivo”, mientras si esos atributos faltan se trata de un robot.

Hay series de piedras que describen con todo detalle la evolución de los dinosaurios, desde el huevo hasta la completa madurez; otras que relatan las incidencias de complejas intervenciones, y otras que explican con todo detalle cómo era el planeta Tierra antes de las grandes convulsiones geológicas que le imprimieron su conformación actual.

El doctor Cabrera ha bautizado a las piedras con el nombre de “gliptolitos”   y califica a quienes las grabaron de “humanidad gliptolítica”. A partir de sus interpretaciones de los dibujos grabados en las piedras afirma que esa humanidad gliptolítica fue creada por una raza superior que llegó a la Tierra desde algún lugar del cosmos. Al llegar a nuestro planeta, esa raza no halló vida inteligente, y decidió crearla a partir de un primate emparentado con el lemur, llamado notharcus, que se extinguió hace 50 millones de ańos. En su libro El mensaje de las piedras grabadas de Ica (Inti Sol editores, Lima, 1976), afirma: “Mediante el trasplante de códigos cognoscitivos a unos primates que pertenecían a un tipo de primate muy inteligente generaron hombres.” Aparentemente, las piedras dicen que había varias categorías humanas: los de mayor poder cognoscitivo son los que el doctor Cabrera denomina “hombres reflexivos y científicos”, por encima de los cuales se situaban, por supuesto, sus creadores, los hombres llegados del cosmos.

Esta humanidad gliptolítica decidió fijar sus conocimientos en piedra (y otros materiales como metales preciosos, destruidos por la avaricia humana) para evitar catástrofes a los hombres del futuro y ayudarles a regir su vida de acuerdo con normas sabias y racionales. Uno de los primeros pueblos que lo hicieron fue, según el doctor Cabrera, el pueblo inca.

Una acequia misteriosa

El descifrador de esta “enciclopedia lítica” afirma que los incas la conocieron y, aunque no estaban capacitados para entender su contenido a fondo a causa de sus rudimentarios conocimientos técnicos (pese a haber creado una compleja y eficaz organización social, los incas no conocían la rueda cuando llegaron los espańoles a América) comprendieron que encerraba conocimientos de gran importancia, que no debían trascender al pueblo llano. Entonces, con el propósito de impedir que las inundaciones periódicas del río Ica erosionaran las piedras y arrastraran los yacimientos, el inca Pachacutec mandó construir una acequia que canalizó el exceso de aguas del río. Esa acequia se conoce en Perú como la acequia Achirana, y la leyenda cuenta que el inca la hizo construir porque se había enamorado de Achirana, la hija de un cacique de la zona, y deseaba favorecer a su tribu para conquistar su corazón. Sin embargo, el doctor Cabrera apunta que en esa zona jamás hubo cultivos, ya que durante siglos estuvo cubierta de bosques espinosos, de modo que la acequia sólo pudo servir para preservar las piedras, y la tradición del enamoramiento del inca puede haber sido una cortina de humo destinada a disimular la verdadera finalidad de la obra.

No obstante, resulta evidente que los gobernantes y sacerdotes incas prestaron mucha atención a la iconografía de las piedras, de las que habrían tomado el mito de Viracocha, antepasado mítico de los incas que había llegado por el mar y realizado grandes hazańas; Viracocha se correspondería así con imágenes que aparecen en los gliptolitos, de un hombre dando muerte a un dinosaurio (żo dragón?), símbolo de valor y poderío.

Este contacto de las culturas preincaica e incaica con los gliptolitos explica, para el doctor Cabrera, la mezcla aparentemente arbitraria de objetos mortuorios hallados en las tumbas. En ellas, junto con objetos simples y toscos de la vida cotidiana (cerámica sencilla, mazorcas de maíz, telas rústicas) se encuentran objetos muy elaborados, que denotan una cultura y técnica superiores, como piezas de cerámica con complejos simbolismos, tallas en madera, objetos de oro delicadamente trabajados, telas finamente tejidas; esto significaría que los antiguos peruanos mezclaban los objetos que ellos mismos eran capaces de fabricar con otros, hallados, que habían sido fabricados por los hombres gliptolíticos durante el período terciario.

Por otra parte, Santiago Agurto, arquitecto y ex rector de la Universidad de Ingeniería de Lima, posee también una colección de piedras grabadas, extraídas, al parecer, de diversos enterramientos pertenecientes a las culturas Paracas, Ica, nazca y Tiahuanaco; esto confirmaría la sacralización de que fueron objeto las extrańas piedras por parte de aquellas sociedades.

Todo un manual de ciencia y tecnología

Existe un acuerdo bastante general entre arqueólogos y antropólogos en cuanto a la antigüedad de la especie humana: el hombre apareció en el cuaternario, después de la desaparición de los grandes reptiles, como consecuencia de los grandes cambios climáticos que favorecieron la evolución de los mamíferos en perjuicio de los ovíparos.

Cirujía compleja
Representación de una compleja operación de estómago, mientras que el cirujano opera el órgano fuera del cuerpo, otro aparto mantiene vivo al paciente..

Pero el doctor Cabrera no comparte esta creencia. Basándose en que las piedras grabadas son, geológicamente, andesitas, o sea, piedras que se formaron en el período terciario, afirma que fue en ese período cuando los seres superiores que llegaron del espacio crearon a la humanidad. Hasta el momento, los análisis no han confirmado que los grabados sean estrictamente contemporáneos de las piedras; sin embargo, algunos microorganismos hallados en las ranuras de los grabados sí tienen una antigüedad de millones de ańos. Por otra parte, existen otros indicios, en la propia América Latina, que apuntan hacia una mayor antigüedad del hombre. En Argentina, en el siglo XIX, el paleontólogo Florentino Ameghino afirmó haber encontrado restos humanos en terrenos terciarios. En su momento, estos descubrimientos fueron considerados con escepticismo por el establishment científico. El mismo desinterés mereció un hallazgo, más reciente, del antropólogo Hernao Marín en Colombia: los restos fosilizados de un animal antediluviano (un Iguanodon) aparecieron misteriosamente asociados a un hombre de Neanderthal.

Uno de los elementos que confirman la creencia del doctor Cabrera es una piedra donde está labrado un mapa del mundo tal como era en el período terciario (esta piedra está representada en la portada de su libro, reproducida en página 461). Allí, la forma y la disposición de los continentes es completamente diferente de la actual -algunas zonas parecen coincidir con los desaparecidos continentes de Lemuria y de la Atlántida-, y considerando que la geología no supo hasta fines del siglo XIX y principios del XX que los grandes cataclismos de fines del terciario habían provocado cambios espectaculares en la forma y disposición de los continentes, el doctor Cabrera sostiene que esa piedra sólo pudo ser labrada por hombres que vivieron en un planeta con esa configuración y que, además, poseían los medios técnicos necesarios para recorrerlo y observarlo desde grandes alturas.

Las series de piedras que el doctor Cabrera considera dedicadas a reproducir complejas intervenciones quirúrgicas confirman, en su opinión, esa gran superioridad técnica. Hay gran cantidad de dibujos que representan, en su interpretación, trasplantes de órganos (Ąen algún caso de los hemisferios cerebrales!). El doctor Cabrera asegura que las piedras muestran diversas formas de anestesia (gas, acupuntura) y explican las avanzadas técnicas quirúrgicas de los hombres gliptolíticos. También les atribuye la autoría de tumis (figuras de oro en forma de hacha ritual, con incrustaciones de piedras preciosas, que se han encontrado en tumbas precolombinas) que informan, por ejemplo, sobre el ciclo menstrual femenino. Hay un tumi que, según el doctor Cabrera, forma parte de una serie sobre la patología quirúrgica del ovario.

Por ahora, las teorías del doctor Cabrera no han encontrado demasiado eco en la comunidad científica. Algunos de sus adversarios han llegado a asegurar que Basilio Uchuya, el huaquero que ha proporcionado la mayor parte de las piedras al doctor Cabrera., es el único artífice de las mismas; según esta teoría, Basilio las graba, untándolas después con betún de los zapatos y quemándolas para darles una falsa pátina de antigüedad. Esta ingeniosa teoría no tiene en cuenta la edad de Basilio ni el tiempo que requiere fabricar una de estas piedras. El huaquero podría haber hecho, en toda su vida, unas 10.000; Ąpero son ya cerca de 40.000 las que se han catalogado hasta ahora, y cientos de miles las que se suponen aún enterradas!

También es cierto que la aparición de cualquier grupo de objetos misteriosos representa un negocio potencial. Pero el doctor Cabrera se ha limitado a publicar sin grandes alardes los resultados de sus investigaciones. Además, su pequeńo museo de la Plaza de Armas de Ica no recibe ni mucho menos la avalancha de visitantes que parecería merecer…

Por otra parte, se diría que Basilio prefiere mantener un velo de misterio sobre su hallazgo; no es de extrańar que lo haga, teniendo en cuenta la durísima legislación que afecta a los hallazgos arqueológicos: el humilde huaquero se vería privado inmediatamente de su ya no muy lucrativo modus vivendi.

No obstante, el doctor Cabrera no carece por completo de apoyo. El francés Chanoux, en su obra Enigma de los Andes, aseguraba que las piedras de Ica podrían ser “la biblioteca de los Atlantes que han existido hace 50 millones de ańos”. El periodista espańol J. J. Benítez, en su  libro Existió otra humanidad (Plaza y Janés, Barcelona, 1977), hablaba del hallazgo de dos cerros artificiales que recubrían un pavimento de piedras grabadas, en un lugar cercano a Palpa (Perú) hacia el cual parecen apuntar nada menos que las líneas de nazca

De todos modos, hasta que no se demuestre de forma fehaciente la autenticidad -y la antigüedad- de las piedras grabadas de Ica, no se podrá dar una opinión definitiva sobre su supuesto mensaje y sobre la interpretación que de sus imágenes ha hecho el doctor Cabrera. El tiempo y una investigación más rigurosa le darán la razón a él o a los arqueólogos convencionales, que tanto desconfían de sus piedras grabadas de la era terciaria.

¿Quien disparaba balas en la prehistoria?

Von Däniken publica esta impresionante fotografía en su obra Meine Welt in Bildern (Mi mundo en imágenes), traducida al castellano con el ampuloso título de El mensaje de los dioses. Al pie de dicha fotografía, se hace esta pregunta: “Se puede ver aquí un agujero como el que produciría un proyectil balístico. żQuién poseía entonces armas modernas?”

En 1921, el British Museum recibió un cráneo humano, hallado en curiosas circunstancias. Cuando los trabajadores de una mina de cinc de Zambia (antigua Rhodesia del Norte) se dedicaban a terraplenar una colina llamada Broken Hill, y que no medía más allá de veinte metros de altura, encontraron una galería obstruida que desembocaba en una caverna. La cueva estaba abarrotada de restos humanos, y todo daba la impresión de ser aquél un lugar de enterramiento prehistórico. Pero no se tuvo gran cuidado en la recuperación de los huesos: entre los pocos que llegaron a manos de los paleontólogos, se encontraba un enorme cráneo humano de frente huidiza, grandes arcos superciliares y una estructura facial muy brutal y primitiva, de tipo netamente neanderthaloide. Pese a que no se pudo establecer una estratigrafía precisa, la antigüedad de los restos óseos era evidente.

Cráneo del Bisonte
Cráneo con supuesta perforación de bala de bisonte del Museo Antropológico de Moscú.

Los paleontólogos colocaron al “hombre de Broken Hill” u “hombre de Rhodesia”, que por ambos nombres se le conoce, en la estirpe filogenética humana, y le llamaron “el Neanderthal africano”. Pero estudiando el cráneo vieron dos cosas, una de ellas aparentemente inexplicable: aquel ser, que había vivido quizá hacía un millón de ańos, había sufrido una enfermedad dental. Y a ambos lados del cráneo presentaba dos orificios de igual diámetro, que dejaron perplejos a los expertos. A juicio del profesor Mair, de Berlín, parecían los orificios de entrada y salida que dejaría una bala moderna.

El enigma que esto planteaba parecía insoluble. Alguien aventuró una hipótesis imposible: żY si el hombre de Broken Hill hubiese sido un fósil superviviente, muerto de un disparo por un cazador moderno? Esto aparte de ser absurdo no explicaba, su presencia en una caverna que llevaba cerrada, al parecer, miles de ańos. Y ante este “hecho condenado”, la Ciencia se encogió de hombros…

El cráneo de Moía
Cráneo de Homo Sapiens procedente de la Cueva de Toll (España).

El cráneo de Moiá
Este cráneo encontrado, es ya el de un hombre moderno: un ejemplar de la raza de Cro-Magnon, que vivió sin duda hace seis o siete mil ańos. Pertenece a un hombre de gran talla y edad avanzada para la época: aproximadamente 1,70 m de estatura y unos cincuenta ańos de edad. Procede, como el resto del esqueleto y otros esqueletos contemporáneos, de la cueva del Toll (Moía, Barcelona, España), interesante cavidad subterránea recorrida por un curso de agua y que constituyó un albergue humano durante unos cinco mil ańos, desde los albores del Paleolítico hasta la Edad del Bronce. Los restos de animales (Ursus spaeleus u oso de las cavernas, tigre de dientes de sable, hienas e incluso huesos de rinoceronte lanudo) abundan en ella, junto con restos, utillaje y ajuar humanos. Todo ello ha permitido montar varias salas interesantísimas en el Museo Arqueológico de Moiá.

En Moiá
El esqueleto encontrado esta perfectamente conservado, cuyo hueso frontal presentaba una perforación perfectamente circular, que evocaba de inmediato la que produciría una bala moderna.El orificio era completamente circular, por lo que se descartaba que hubiera podido ser causado por una punta de lanza de sílex, que hubiera producido una fractura traumática irregular, estrellada, el ángulo de penetración del supuesto proyectil causante de la herida era de arriba abajo y ligeramente de derecha a izquierda, el orificio se abría en el hueso frontal y daba directamente al seno frontal derecho, en cuyo tabique del fondo no se apreciaba orificio de salida y el supuesto proyectil, por tanto, debió de quedar alojado en el seno frontal. Según se dedujo el sujeto debió sobrevivir a la herida, pues los bordes del orificio aparecían esclerosados (callo óseo), y, además, ésta no afectaba a ninguna parte vital.

También se manejo la posibilidad de que se tratase de una trepanación, pues se sabe que los hombres prehistóricos la practicaban. Pero la trepanación se solía hacer en los parietales, y los orificios eran más grandes e irregulares. El enigma de los disparos imposibles sigue sin respuestas.

Lago Ness

El mundo cuenta cada vez con menos regiones inexploradas, regiones hostiles o inaccesibles: selvas, cordilleras, islas remotas o fondos de mares y lagos. Pero en esos lugares todavía es posible encontrar criaturas desconocidas. Aunque los escépticos descartan en principio las historias locales, el folklore y las leyendas que suelen rodear a estas criaturas, éstas sólo pueden ser consideradas verdaderas o falsas después de cuidadosas investigaciones y documentación. En algunos casos esto se ha realizado con éxito y los “monstruos” han sido identificados como genuinas criaturas vivientes: un monstruoso “antílope con cabeza de jirafa y grupa de cebra” resultó ser el okapi.

Situado en el Gran Glen, el lago Ness tiene una profundidad máxima de 300 metros, y 35 kilómetros de longitud. Debido a los depósitos de turba, en el agua la visibilidad es muy deficiente. Los lagos escoceses están, en cuanto a su origen, emparentados con los fiordos de Escandinavia e Irlanda. Los glaciares excavaron los valles ya existentes, incluyendo la falla del Gran Glen, hasta hace unos 10 000 ańos, cuando el hielo se retiró por última vez. Durante algún tiempo, algunos de los lagos estuvieron comunicados con el mar, cuyo nivel se había elevado debido al hielo que se había fundido. Después, al desaparecer el peso del hielo, la superficie del lago Ness quedó a unos 16 metros por encima del nivel del mar.

La conexión entre estas aguas y el mar sugiere recordar algunas historias de “monstruos marinos”paralelas: desde que la proa de las naves vikingas llevaba el Dragón del Mar como mascarón, el folklore escandinavo y céltico ha estado lleno de referencias a una criatura de cuello largo con una giba en el lomo. El obispo de Bergen, Erik Pontoppidan, en su Historia Natural de Noruega (1752), hacía referencia al gran kraken, tema de mitologías e historias de pescadores; otra de las criaturas “míticas” era el Sor-Orm, criatura parecida a una serpiente pero con ondulaciones verticales.

En Escandinavia muchos lagos tienen una tradición de criaturas que aparecen ocasionalmente en la superficie; entre ellos figuran el lago Suldal y el lago Storsjo, donde todavía se pueden ver dispositivos hechos en el siglo XIX para cazar al “animal”. Existen tradiciones similares en el lago Okanagan de América del Norte, en el Lagerflot de Islandia y en los lagos de Connemara en Irlanda, que están habitados por el pooka, kelpie o each uisge, “caballo de agua” en gaélico.

Serpiente MarinaEl kelpie y el caballo de agua aparecen en el folklore de los Highlands escoceses. Es curioso que el primer testimonio escrito sobre un monstruo acuático en el río Ness relata un incidente acaecido en el ańo 565, que aparece en la Vida de Santa Columba de san Adamán. Ese tipo de aparición era considerado -y en alguna medida sigue siendo así-; como de mal agüero, e inspiraba reticencia.

Siempre hubo informes sobre el lago Ness. Personas que viven allí recuerdan que en su infancia se les decía que no se bańaran en el lago, por temor al kelpie. Pero en realidad, el lago comenzó a llamar la atención después de 1933; ese ańo se construyó un camino en la ladera norte y se cortaron árboles y matorrales para obtener una vista mejor. Aumentaron los visitantes, y también las “observaciones” del “monstruo”. La primera que obtuvo amplia publicidad tuvo lugar el 14 de abril de 1933 y apareció en el Inverness Courier: según los testigos, el seńor y la seńora Mackay, la criatura, parecida a una ballena, se exhibió durante un minuto entero. Esta observación fue seguida de otras.., y pronto el lago Ness causó sensación en todo el mundo.

A esas alturas, la biología, la paleontología y la zoología ya estaban lo bastante maduras como para plantearse sistemáticamente la naturaleza de la criatura. Para ello había que contestar a muchas preguntas: por ejemplo, żcuándo llegó allí? żCómo sobrevive? Y, lo que es más importante, żqué es?

No se puede decir que el lago Ness sea un cul-de-sac de la evolución, ya que cualquier animal que viva en el lago tiene que haber llegado allí después de la retirada del hielo, hace 10 000 ańos, procedente de otra zona de agua dulce o del mar. Todas las especies de gran tamańo que viven actualmente en el lago pueden migrar por el río. Los peces son, sobre todo, salmónidos -salmones, trucha de mar, trucha de río y umbra- y anguilas que pasan la mayor parte de su vida adulta en agua dulce. La explicación más probable de la presencia de una especie desconocida es que llegó también desde el mar por el río Ness.

Como hábitat, el lago se caracteriza no sólo por su gran tamańo sino por su estabilidad. La mayor parte del agua que contiene no altera su temperatura en más de medio grado por encima o por debajo de los 5,5 °C. Las fuentes potenciales de alimento dentro del lago son las plantas, el plancton, el detritus (materia orgánica acumulada en el fondo) y los peces. Las aguas oscuras y turbias, la acentuada inclinación de las laderas y el corto verano restringen el crecimiento de las plantas con raíces, que se hallan, en su mayor parte, en los primeros tres metros de agua. Todos los animales herbívoros requieren un volumen muy considerable de comida para sobrevivir; la escasez de vegetación acuática en el lago descarta estas especies.

Algunos de los animales más grandes del mundo se alimentan con plancton, por ejemplo el mayor de los mamíferos, la ballena azul; podría ser que el monstruo también comiera plancton. Pero, en general, los lagos escoceses se caracterizan por una relativa esterilidad. Los animales que se alimentan con plancton presentan adaptaciones físicas para capturar y extraer el plancton del agua, así como bocas grandes, para engullir la mayor cantidad de agua posible, cosa que, según las observaciones, no es el caso de nuestro animal.

En general, los depósitos de detritus del lago Ness no son ricos en material orgánico; las muestras que se han tomado indican que la materia orgánica representa sólo un 15 a 30 % del total. Sin duda, la fuente de alimento más lógica para un animal de gran tamańo son los salmónidos migratorios (salmón y trucha de mar). Efectivamente, algunos aspectos de la conducta del monstruo apoyan la teoría de que se trata de un predador de peces. Las observaciones se hacen con más frecuencia en la desembocadura de los ríos crecidos, cuando los salmones los remontan para desovar; se ha advertido también alguna aceleración súbita de los movimientos del monstruo, que podría muy bien coincidir con la captura de un pez.

Una objeción a la existencia del monstruo ha sido siempre la ausencia de restos flotantes en la orilla. Hay pocos informes acerca de osamentas extrańas encontradas en los lagos escoceses, y ninguno de ellos es reciente. Los lagos Ness y Morar son profundos y fríos; el agua fría demora la descomposición, y da tiempo a las anguilas para dar cuenta de los restos. Esto puede explicar la reputación que tiene el lago Ness de “no devolver a los muertos”.

La presencia de un predador marino de peces adaptado al lago no es, en sí misma, muy notable. Lo realmente notable es que todavía se desconozca su naturaleza. Existen varias teorías al respecto. El invertebrado más grande que se conoce es el pulpo gigante, animal “mítico” hasta hace poco. Muy pocas de las observaciones del lago Ness podrían aplicársele. Por otra parte, si no fuera porque hasta hace poco el lago Ness era un brazo de mar, podría suponerse que se trata de un anfibio; pero el problema es que no hay -y la paleontología indica que nunca hubo- anfibios marinos.

Ciertamente, la teoría más popular afirma que el monstruo es un reptil. Sin embargo, las objeciones biológicas son importantes. La temperatura del lago parece demasiado baja para que un reptil mantenga su actividad. Además, tendría que salir a respirar a la superficie y desplazarse a la orilla a poner sus huevos. El reptil que más se adapta a las “descripciones” es el plesiosaurio. Con el precedente del celacanto, ausente de los registros fósiles durante 70 millones de ańos y hallado con vida y en buen estado en el Océano Indico en 1938, el mero hecho de que el plesiosaurio haya estado “extinguido” durante un período similar no detiene a sus defensores.

No obstante, desde el punto de vista del entorno, un mamífero de la familia de las focas sería más probable. Pero las focas procrean en tierra, Y la necesidad de respirar frecuentemente -y por tanto, de salir a la superficie- no les permitiría resultar tan esquivas. La solución menos improbable sería un pez, cosa que explicaría, por cierto, las escasas apariciones en la superficie y también tomaría en cuenta la reproducción. Podría tratarse de una enorme anguila de especie conocida o desconocida. Algunos datos del sonar indican que el contacto se eleva y vuelve al fondo, cosa que es coherente con el comportamiento de la anguila y del bagre europeo.

La forma romboidal de la aleta que aparecía en una foto del doctor Robert Rines le llevó a sugerir el nombre científico Nessiteras Rhombopteryx para el animal. Se ha seńalado que la forma de la aleta la hace poco eficiente para la propulsión acuática: probablemente el elemento de propulsión fundamental sería la cola, y las aletas funcionarían como timones, o quizá como frenos. Esto apoya la hipótesis del pez: de hecho, lo más parecido a la aleta de la foto es la de un dipnoo australiano que funciona como una pata para arrastrarse por el fondo. Sin embargo, pese a todos los esfuerzos, no disponemos todavía de información suficiente para sugerir con seguridad un grupo animal.

Gigantes de los Mares

A pesar de que numerosos científicos siguen mostrándose escépticos ante la existencia de monstruos subacuáticos, los informes sobre observaciones, algunos muy detallados, desde todos los rincones de la Tierra, continúan dando testimonio de gigantescas criaturas.

Morgawr
Fotografía del monstruo de Cornualles, conocido como Morgawr, en 1975.

Uno de los monstruos más activos de los últimos ańos es el que recibe el nombre de Morgawr (en dialecto cómico, “gigante de los mares”), que ha sido visto con frecuencia durante 1975 y 1976 junto a Falmouth Bay, en la costa de Cornualles (Gran Bretańa). El 5 de marzo de 1976 fueron publicadas en el Falmouth Packei dos fotografías de la bestia que, aunque llegaron a la redacción en forma anónima, resultan bastante convincentes.

La publicidad dada a las observaciones más famosas han acarreado consecuencias de dos clases: la acumulación de informes similares, muchos de los cuales presentan todas las garantías de autenticidad, y la subsiguiente avalancha de embustes. El celo de los investigadores se ha dirigido a desenmascarar estos últimos, que han servido para ridiculizar a aquellos informes que les han dado fe.

¿Falso Monstruo?
Un informe falaz que contiene, quizá deliberadamente, una clave de su auténtica naturaleza, fue publicado en 1848 en el “Globe”, apenas una semana después de que “The Times” sacara a la luz el testimonio de Peter M’Quhae, capitán del Daedalus sobre una serpiente marina. La patrańa fue publicada en forma de una carta con matasellos de Glasgow del 19 de octubre, pretendidamente remitida por James Henderson, capitán del Mary Ann. Henderson escribía que el 20 de septiembre Mark Trelawny, capitán del bergantín Daphne, había divisado “una enorme serpiente, o culebra, con cabeza de dragón”, y que casi de inmediato había ordenado cargar un cańón con metralla y hacer fuego contra la bestia. El monstruo, de unos 30 m de longitud, tras echar espuma por la boca y azotar la superficie de las aguas, se alejó a una velocidad de 16 nudos.

El “Times” reprodujo la historia y un agudo lector escribió para preguntar cómo se las había arreglado el Daphne para recorrer en sólo diez días la distancia que mediaba entre el lugar del encuentro con la bestia y Lisboa, ciudad en la que el capitán Trelawny había relatado el suceso a Henderson. La distancia recorrida era de 8 000 km. y hubiera requerido una velocidad media de 20 nudos. El lector comentaba con sarcasmo: “Probablemente la serpiente llevó a remolque al bergantín.” Investigaciones posteriores demostraron que la carta era un embuste.

Los científicos escépticos exigen restos físicos que puedan someter a examen. Periódicamente el mar arroja en remotas playas grandes y extrańas osamentas, pero, debido a las urgencias inmediatas de la investigación científica y a la lejanía de las localizaciones, estos restos son habitualmente ignorados o identificados “desde lejos” como despojos de criaturas marinas conocidas. Muchas veces se los ha considerado como pertenecientes a la especie del marrajo gigante.

żRestos de monstruos?
Un cuerpo de 17 m de longitud fue arrojado por el mar en 1808 en una playa de la isla de Stronsay, en el archipiélago de las Orcadas, pero antes de que pudiera llevarse a cabo un riguroso examen científico, las tormentas destrozaron el putrefacto cadáver. El dibujo que se realizó a partir de las descripciones de los testigos representa a un animal extraordinario, de largo cuello y ondulante cola, y provisto de tres pares de patas, conformación hasta ahora desconocida para un vertebrado.

Finalmente, los restos fueron identificados como pertenecientes a un tiburón por el cirujano británico Everard Home, que había realizado un estudio sobre la anatomía de los tiburones y pudo obtener algunas muestras de los huesos de la bestia. Cuando el mar deposita un cadáver de tiburón en una playa, la rápida descomposición de ciertas partes de la anatomía del animal, principalmente la mandíbula inferior, los lóbulos inferiores de la cola y las aletas, da a los restos el aspecto de una criatura fantástica, con cuello largo y delgado, y cola.

En 1925, el cadáver de un ser no identificado fue depositado por el mar en las rocas de Santa Cruz, en la costa californiana. Los restos parecían corresponder a un animal de nueve metros de longitud, largo cuello y enorme cabeza con boca en forma de pico de pato, pero posteriormente fueron identificados como pertenecientes a una especie muy rara de ballena que habita en las aguas del Pacífico norte.

La gran masa globular en descomposición que en julio de 1960 fue arrojada por el mar en una remota playa del oeste de Tasmania, mereció escasa atención oficial hasta que, en marzo de 1962, los científicos de Hobart localizaron desde el aire el lugar exacto en que se encontraba y enviaron un grupo a investigar. Finalmente, y con ayuda de helicópteros, se transportaron muestras de los restos para su análisis, y el informe oficial afirmo que se trataba de “una gran masa de materia grasa en descomposición, perteneciente seguramente a una ballena”. Sin embargo, los biólogos que habían seguido el caso de cerca consideraron muy improbable esta versión.

?Plesiosaurio?
Espectacular fotografía del monstruo del Zuiyo Marú, para muchos, eran restos de un plesiosaurio.

El 25 de abril de 1977, el barco de pesca japonés Zuiyo Maru atrapó en sus redes un gran cadáver, parcialmente descompuesto, a unos 45 km. al este de Christchurch (Nueva Zelanda). El capitán, Akira Tanaka, tras fotografiarlo, lo devolvió al mar temeroso de que pudiera contaminar sus capturas. El incidente intrigó a la prensa mundial y un equipo de televisión voló desde Japón para hacer un reportaje. Aunque los tripulantes del barco estaban convencidos de que habían visto un monstruo desconocido, para los escépticos, las fotografías parecían mostrar un tiburón en estado de descomposición.

żPor qué la serpiente marina sigue siendo un animal relativamente desconocido? Una de las razones podría ser que, aunque más del 60 % de la superficie terrestre está cubierta por el agua, sólo una pequeńa parte es atravesada por la navegación comercial, que sigue rutas estrechas y prefijadas.

Monstruos catalogados
Los casos citados, y centenares más que pueden encontrarse en los diversos trabajos que se han publicado sobre el tema, llevan a la conclusión de que no existe un único tipo de monstruo marino. En 1965, el zoólogo belga Bernard Heuvelmans completó el más detallado y exhaustivo trabajo que se ha publicado sobre el particular: En la estela de las serpientes marinas, libro de valor inapreciable para todos los investigadores. En su obra, el doctor Heuvelmans describe y analiza más de quinientos informes que van desde 1639 hasta 1964. De toda esta masa documental, saca diversas conclusiones de las que vamos a intentar ofrecer un breve compendio.

De las 587 observaciones que recogió, Heuvelmans considera que 56 de ellas son falsas. En otro grupo reúne las referentes a criaturas marinas conocidas que habían sido tomadas por monstruos marinos desconocidos, encontrando 52 casos. Otros 121 informes fueron descartados porque las descripciones eran demasiado vagas o ambiguas.

Quedan así 358 observaciones, con diversas características respecto al modo de aparición y comportamiento, que pueden dividirse en nueve tipos que van desde la serpiente de “cuello largo”, que es la que aparece con mayor frecuencia, tiene un cuerpo en forma de cigarro y cuatro pies palmípedos, y nada con gran rapidez, hasta los poco frecuentes saurios marinos, que parecen cocodrilos de 15 a 18 m de longitud y que sólo han sido vistos en las aguas de los trópicos. El doctor Heuvelmans se refiere jocosamente a los otros tipos como caballos de mar, multijorobadas, supernutrias, multialetas, superanguilas, padres-de-todas-las-tortugas y barrigas amarillas. Descubrió también un grupo que denominó “periscopios ambiguos” y que puede ser asimilado a los monstruos de cuello largo o a las superanguilas.

Heuvelmans sostiene que la serpiente de cuello largo y las de las cuatro primeras categorías pertenecen a la clase de los mamíferos. La superanguila es probablemente un pez cuyo hábitat normal reside en las profundidades del océano, y que cuando es visto en la superficie está por lo general cerca de la muerte. Los saurios marinos podrían ser muy bien supervivientes del periodo jurásico que se desenvuelven perfectamente bajo la superficie de las aguas, y que de este modo han podido sobrevivir hasta nuestros días. El grupo de los barrigas amarillas resulta algo más difícil de clasificar a causa de la falta de descripciones detalladas, pero posiblemente sean peces, o quizá tiburones.

Otra de las observaciones del doctor Heuvelmans pone de manifiesto que las apariciones más frecuentes durante el presente siglo han sido las del monstruo del cuello largo, que debe de estar en plena expansión. Por el contrario, la supernutria no ha sido vista desde 1848, y Heuvelmans sugiere que estas dos especies pueden estar o haber estado compitiendo por el mismo nicho ecológico, y que la supernutria ha resultado perdedora, e incluso puede haberse extinguido.

El mundo submarino no ha sido aún totalmente explorado y, a pesar de los escépticos, parece que hay abundantes pruebas de que existen gigantescas criaturas desconocidas. Los científicos creen que dentro de poco podrán tener un conocimiento mucho más amplio de la vida en las profundidades de los océanos. Además, cada ańo se descubren nuevas especies, de modo que quizá no se haga esperar la respuesta al misterio de los monstruos marinos.

Mounstros Marinos

Las profundidades del océano están pobladas por numerosas criaturas que la ciencia todavía desconoce, y dichos relatos no pueden ser descartados tranquilamente como fruto de la imaginación.

Si tenemos en cuenta que más del 60 % de la superficie de la Tierra está cubierta por agua, difícilmente puede sorprendernos que la humanidad tenga noticia de la existencia de monstruos marinos desde la más remota antigüedad. E incluso en nuestros días, los biólogos marinos, que llevan mucho tiempo estudiando las profundidades de los océanos, están dispuestos a aceptar con cierta prudencia que los numerosos informes de observaciones de monstruos marinos parecen probar que muchas criaturas, por ahora desconocidas y no clasificadas, habitan en lo más oscuro y oculto de las aguas.

La bíblica bestia del mal, el Leviatán (la serpiente enroscada; el dragón que vive en el mar), es mencionada cinco veces en el Antiguo Testamento, y todas las mitologías nos hablan de gigantescas serpientes marinas.

Ilustración que representa uno de los monstruos marinos descritos por el arzobispo Olaf.

Los eclesiásticos escandinavos recopilaron muchos de los primeros informes sobre monstruos marinos. El arzobispo Olaf Mansson, más conocido como Olaus Magnus, que vivió exiliado en Roma tras el triunfo de la Reforma en Suecia a mediados del siglo XVI, publicó en 1555 una historia natural de las tierras del Norte que contiene informes sobre serpientes marinas. Entre ellas describe una de 60 metros de longitud y 6 metros de grosor que era capaz de comer terneros, cerdos y corderos, y que incluso podía arrebatar a los hombres de la cubierta de los barcos. La descripción del arzobispo es muy interesante. Explica que la serpiente marina es de color negro, que de su cuello pende una melena, que sus ojos son resplandecientes y que yergue la cabeza como una columna. Pues bien, estas características aparecen también en informes recientes, lo que nos permite suponer que Olaus Magnus escribía basándose en testimonios directos de los hechos, que luego fueron distorsionados por los avatares de la transmisión oral.

Doscientos ańos después los historiadores seguían recogiendo testimonios de la existencia de las serpientes marinas. Un misionero noruego, Hans Egede, informó de la aparición de un monstruo marino en la costa de Groenlandia el 6 de julio de 1734. El misionero escribió que el cuerpo de la bestia era tan grueso como el de un barco y tres o cuatro veces mas largo, y que el monstruo surgía de las aguas con un salto ágil y volvía a sumergirse.

Otro escritor del siglo XVIII que afronto el misterio de las serpientes marinas fue el obispo de Bergen, Erik Pontoppidan. Tras una minuciosa investigación, comprobó que era raro el ańo en que no se hubiera visto alguna en las costas escandinavas, publicando el informe de sus descubrimientos en 1752.

Un ańo antes, el obispo había hecho leer ante el Tribunal de Justicia de Bergen una carta del capitán Lorenz Von Ferry en la que se describía con todo lujo de detalles una serpiente marina que él y su tripulación habían visto mientras se dirigían a tierra en un bote de remos, junto a la localidad de Molde (Noruega) en 1746. El capitán describía así a la serpiente: tenía una cabeza gris semejante a la de un caballo, grandes ojos negros, boca negra y larga melena blanca. Detrás de la cabeza del monstruo, pudieron apreciar hasta siete u ocho promontorios que salían del agua, y el cuerpo de la bestia se retorcía formando espirales. Cuando el capitán Von Ferry ordenó hacer fuego contra la serpiente, ésta se sumergió en el agua y no volvió a aparecer.

Thomas Huxley
MThomas Huxley, científico destacado que se pronunció a favor de la existencia de monstruos marinos.

En el transcurso del siglo XVIII, el peso cada vez mayor de la crítica racionalista y del análisis científico determino que los informes de los marineros que habían divisado monstruosas bestias marinas fueran considerados exagerados y ridículos. Un científico noruego, Peter Ascanius, afirmó que la hilera de jorobas que habían visto los marineros no pertenecía a ningún descomunal monstruo marino, sino a una comitiva de delfines haciendo cabriolas. Y esta explicación tan endeble se convirtió desde entonces en el recurso favorito de quienes pretendían desacreditar los testimonios sobre la existencia de monstruos marinos.

Sin embargo, no deja de resultar sorprendente que los naturalistas que se tomaron la molestia de estudiar detenidamente los informes se pronunciaran casi invariablemente por la existencia de la serpiente marina. Entre otros podemos citar a Sir Joseph Banks, eminente científico británico que dio la vuelta al mundo con el capitán Cook, y a Thomas Huxley, quien en 1893 escribió que no había razón alguna para dudar de que en el fondo de los mares existiesen reptiles serpentiformes de 15 metros de longitud, o incluso más.

Los biólogos marinos americanos con mayor reputación de la época convinieron en que las profundas simas de los mares, aún inexploradas, podían albergar especies de criaturas monstruosas, y uno de los conservadores del London Zoological Garden, A. D. Bartlett, afirmó en 1877 que consideraba una temeridad no hacer caso de una evidencia que procedía de fuentes tan diversas.

Constantin Samuel Rafinesque fue un brillante y polémico naturalista que contribuyó de forma importantísima al conocimiento de la flora y de la fauna americanas. Nacido en Europa en 1783, en 1815 emigró a Estados Unidos, donde fue profesor de ciencias naturales en la Universidad de Transylvania, en Kentucky. La serpiente marina, de cuya existencia estaba firmemente convencido, formaba parte del vasto campo de sus intereses.

Durante la primera mitad del siglo XIX se registraron numerosas observaciones de serpientes marinas a lo largo de la costa nororiental de América. La zona donde abundaron más los testimonios fue en torno al puerto pesquero de Gloucester, en Massachusetts. Rafinesque examinó los informes y decidió dividirlos en cuatro grupos, denominando a las bestias Megophias, es decir, “serpientes gigantescas”.

Pero los investigadores de fenómenos inexplicados sobre las apariciones de bestias marinas seguían encontrando una fuerte oposición entre los científicos. Uno de los más incrédulos era Sir Richard Owen, sabio prestigioso, aunque de mentalidad muy conservadora, a quien Darwin había considerado “uno de mis principales enemigos”.

La serpiente del Daedalus
Ilustración representando el encuentro que tuvo el Daedalus con una serpiente marina gigante.

En 1848 Owen sostuvo un intercambio epistolar de cierta acritud, que tuvo como marco las columnas de “The Times”, con el capitán Peter M’Quhae. El debate giraba en torno a una serpiente marina de 18 metros que el capitán y su tripulación afirmaban haber visto en aguas del Atlántico Sur, desde la cubierta del Daedalus, el 6 de agosto de aquel mismo ańo. Aunque Owen echó mano de la acostumbrada estratagema de los escépticos, que consistía en interpretar los informes de manera que se ajustasen a las propias preconcepciones (la identificación que dio era un león marino), el capitán M’Quhae se mantuvo firme en su convicción de que lo que había visto era una serpiente marina.

Como es natural, los monstruos marinos han ocupado siempre un lugar importante en las consejas de los marineros. Algunos informes son exagerados sin duda, pero muchos otros, que consiguieron figurar en los diarios de a bordo, resultan curiosamente consistentes.

En mayo de 1901, cuando los oficiales del vapor Grangense, que navegaba por el Atlántico Occidental, vieron desde el puente una criatura monstruosa semejante a un cocodrilo, con dientes de 15 cm, el capitán se negó a tomar nota del hecho en el diario de a bordo, objetando: “Van a decir que estábamos borrachos; y les agradeceré seńores, que se abstengan de mencionar lo ocurrido a nuestros agentes de Pará y Manaus.”

Pero no faltaron otros menos cuidadosos con su reputación, como el teniente de navío George Sandford, el cual, como capitán del navío mercante Lady Combermere, en 1820 informó haber visto en aguas del Atlántico una serpiente de 18 a 30 metros de longitud que arrojaba un chorro de agua como una ballena.

El 15 de mayo de 1833, cuatro oficiales del ejército británico y un intendente militar, que habían salido de pesca, vieron una serpiente de unos 24 metros de longitud que nadaba por el mar a no más de 180 metros de donde ellos estaban. La aparición se produjo en Mahone Bay, a unos 65 km. al oeste de Halifax, en Nueva Escocia, y los testigos quedaron tan convencidos de la importancia de lo que habían visto que firmaron todos una declaración a la que ańadieron: No hubo posibilidad alguna de error, ninguna ilusión, y estamos muy satisfechos de haber tenido el privilegio de ver la “auténtica y genuina serpiente marina”, que siempre ha sido considerada como producto de la imaginación de algunos capitanes de barco yanquis.

Otra aparición de un monstruo marino semejante a un cocodrilo tuvo por testigos al capitán y la tripulación del Eagle el 23 de marzo de 1830, pocas horas antes de que el barco atracara en Charleston, en Carolina del Sur. El capitán Deland acercó su goleta a menos de 22 m de la bestia y le disparó con un mosquete a la cabeza. Alcanzado por el proyectil, el monstruo se sumergió debajo del navío y lo golpeó repetidas veces con la cola, provocando serios desperfectos en el casco.

Otro de los militares que vio de cerca un monstruo marino de las profundidades fue el mayor H. W. J. Senior, de los Bengal Staff Corps. El 28 de enero de 1879, viajando en el City of Baltimore por aguas del golfo de Adén, pudo ver, a una distancia de 450 m del barco, una cabeza semejante a la de un bulldog, con un cuello de unos 60 cm de diámetro, que salía del agua hasta alcanzar una altura de seis a nueve metros. La criatura se movía con tal rapidez que le resultó imposible seguirla con los prismáticos. Su relato fue firmado también por otros testigos.

Ha pasado más de un siglo desde el episodio anterior, y durante este tiempo los monstruos marinos han continuado emergiendo ante sus asustados observadores. El intrépido capitán John Ridgway,que cruzaba el Atlántico en un bote de remos, vio un monstruo pocos minutos antes de la medianoche del 25 de julio de 1966. Su compańero, el sargento Chay Blyth, que más tarde se convertiría en un balandrista de fama mundial, estaba profundamente dormido. Mientras remaba, Ridgway oyó un ruido parecido a un silbido y, de pronto, vio una serpiente de unos 10 metros de longitud, con el cuerpo fosforescente -“era como si de su cuerpo colgara una hilera de luces de neón”-, que se acercaba a toda velocidad, se sumergía debajo del bote y no volvía a aparecer.